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miércoles, 4 de noviembre de 2015

La canción del ex hijo único y la reivindicada

Dom estaba callado. Estábamos en su departamento, y él había cogido una cerveza apenas llegamos de almorzar con sus papás. Ya iba por la tercera.

Anteriormente yo habría entrado en ansiedad. "Ya no me quiere", "me va a dejar", "está con otra". Pero suficiente tiempo había pasado para reconocer al otro por sí mismo.
- ¿Qué pasa? –le pregunté.
Me miró súbitamente avergonzado, como si lo hubiera visto desnudo. Asumo que recordó que usualmente lo veo desnudo y se relajó un poco. Tomó aire.
- Mi papá tiene una amante. –soltó.

Puta madre. No lo dije, no sé si lo pensé pero lo sentí. Es inconfundible.
- Lo siento. –respondí. Le busqué los ojos y me estaban mirando. Abrió un brazo y subí a él, apoyando mi mentón en su cuello.
- Se llama Laura. Tiene treinta y siete años y trabajan juntos. Está embarazada.

Su boca economizaba las palabras con un deseo de deshacerse de ellas lo más rápido posible. Toda una historia de insatisfacción, deseo y traición podía resumirse, los detalles eran innecesarios y no bienvenidos.
- ¿Tu mamá sabe?
- Todavía.
Nos quedamos callados. Mis pies estaban fríos.
- Dice que lo hace sentir vivo. –dijo. Sonrió con tristeza. –Pero no puedo dejar de pensar que es por la plata.

Su mano derecha quiso hacerse puño pero se detuvo a sí misma; se sintió dolorosamente familiar. Cogí su puño entre mis manos y le di un beso.
- No sé cómo mirar a mi mamá. No sé… no puedo hablarle, tiene que decirle pronto, ya me siento pésimo por no haberle dicho apenas me enteré. De repente ella cree que todo está bien. –tomó aire. – ¿Tú sabías? –me miró.
- ¿Cuando…? Sí.
- ¿Y cómo hacías?
- Mentía.
Suena feo, pero es cierto. Tomé aire e intenté explicarme.
- Yo no creo que sea adecuado contarle eso a un hijo. Yo creo que la relación de pareja sólo debe involucrar a la pareja. Contarle a un hijo esas cosas no sólo me parece egoísta, sino cobarde –suspiré, molesta. –En mi caso yo mentía porque era más fácil.
- ¿No sentías culpa?
- Mucha. Pero con el tiempo entendí que yo estaba haciendo lo que necesitaba para vivir. La culpa era de mi papá por ser infiel, no mía por guardar el secreto.
Me acarició el antebrazo.
- ¿Un bebé a los cincuenta y ocho años? ¿Te parece sensato? –preguntó retóricamente.
- No. ¿Te dijo qué va a hacer?
- Le va a decir a mi mamá.
- Pídele que no le diga que tú sabes. Es suficiente sentirse traicionada por una persona.
- Sí, tienes razón.
- Mejor llámalo ahorita.

Dom cogió el celular y llamó a su papá; no se demoró mucho, pero yo me fui poniendo los zapatos para despedirme. Creí que tenía muchas cosas que pensar y que le iba a ser más fácil sin mí ahí.
- Quédate. –dijo, después de colgar.
- Vamos a mi casa a recoger mi ropa. –dije.
- Vamos. –dijo, cogiendo las llaves del carro.
- Caminemos.
- O.K.
Nunca recogimos mi ropa; se echó en mi cama apenas llegamos y antes de que yo hubiera terminado de escoger lo que me iba a poner el día siguiente ya se había metido entre mis sábanas, una cabeza humana con cuerpo de gusano gordo bajo la colcha.

Tal vez es porque por veintiún años fui hija única y he estado acostumbrada a estar sola toda mi vida, pero mientras Dom se quedaba dormido a mi lado me di cuenta de que si hubiese podido tenerlo me habría encantado dormir con alguien cuando pasé por lo mismo. La única vez que lloré se armó un pequeño escándalo en mi cuarto, y mi papá comentó que había pensado equivocadamente que yo era lo suficientemente madura para lidiar con el tema; me indicó que me pusiera una almohada en la cara para que los vecinos no escucharan mi llanto.

La mañana siguiente Dom se levantó muy temprano para ir a su departamento a cambiarse y hacer su maletín de mano; en la noche tenía pichanga con sus amigos. Esa misma noche mientras Dom corría tras una pelota yo estaba sentada en mi cama, peinándome. Mis almohadas todavía olían a él.

El celular sonó con un mensajito. Seguí peinándome, segura de que si era una conversación incipiente sonarían más, pero pasaron dos minutos y el celular seguía en silencio. Dejé el cepillo a un lado y chequeé con curiosidad.
“Hola” Leí.
Sorpresa, era Leo.
“hola” respondí.
Hacía tiempo que no hablábamos.

Los días siguientes se sucedieron sin sobresaltos ni nuevas noticias. Dom ignoró el tema por completo y vale mencionar que conversamos bastante. Yo no hacía ninguna alusión, por supuesto; lo peor que hacer cuando una herida está cicatrizando es tocarla mucho. Exactamente ocho días después de la primera revelación del papá de Dom me llegó un mensaje en el whatsapp.
“Quiere que la conozca”

Me acordé de los CD’s. Los CD’s que ella quemaba con mi música favorita, canciones que yo no podía encontrar fácilmente en la época en la que bajarse música era dificilísimo; les ponía coverarts bonitos impresos en stickers para CD. Me acordé de la foto panorámica que me regaló para que pintase; me acordé de las impresiones perfectas de árboles coloridos. Me acordé de cuando mi papá llegaba a las diez de la noche en punto todos los miércoles. Y eso sólo había sido el comienzo.

“Te llamo” escribí.

En su momento la sentí, pero aprendí a ocultarla: me habían enseñado a mentir muy bien. Ver a Dom pasar por la misma situación me hizo sentirla de nuevo, esta vez sin el mitigante del cariño. Ira.
- No sé qué hacer. –dijo.
- ¿Ya le dijo a tu mamá?
- Todavía.
- No lo hagas. No la conozcas antes de que tu mamá sepa.
- No, ¿no?
- No necesitas esa culpa.
- Tienes razón.

Colgué y respiré profundo, molesta. La situación de Dom se siente particularmente cercana porque es muy parecida a la que yo viví; ¿cuánta de esa compasión era compasión a la que yo fui? Tuve ganas de abrazar a Dom y protegerlo de lo que a mí nadie me protegió, pero lo único que pasó fue que le mandé varios emoticones cariñosos y eventualmente él fue a su pichanga de la noche. Era lunes, yo estaba en el consultorio y él en el quirófano, teníamos responsabilidades. El mundo no se acaba porque uno está herido.

(Sin embargo por muy cierto que sea eso, por muy real que sea que uno puede tener el corazón roto pero igual tiene que seguir pagando la luz y sacando al pasear al perro, es bonito saber que no estás solo, que hay alguien a quien le importa tu sufrimiento.)

El viernes cociné una cena para los dos. Regresé relativamente temprano del trabajo y me dediqué a cortar, limpiar, hervir y macerar, música suave sonando. No fue hasta un momento de silencio en la playlist que tomé consciencia del momento, lo que estaba haciendo, cómo en esas acciones estaba el amor que le tengo a Dom. La estrofa que sucedió al silencio me retrotrajo al 2009, la primera vez que estuve con Ícaro. “La soledad es un paso firme que no he podido obligarme a dar.” Dejé el cuchillo y me apoyé en la mesa cerrando los ojos, recordando la letra.

Ícaro había sido el primer enamorado al que se me había ocurrido cocinarle; la canción tenía una frase, “y qué felicidad hacerte la cena, y qué seguridad saber que me esperas. Y el tiempo pasará, el sol se apagará, y todo lo que sentiste fue normal.” Mi papá me había pasado esa canción; decía que le hacía acordar a mí.

Tengo la suerte de no tener duda alguna del amor que mi papá me tiene, pero sé que ese amor, grande y profundo como es, está contaminado de sus ideas. Siempre fiel a su filosofía de que la felicidad no existe sino sólo los momentos felices, la canción que me había pasado me ponía en perspectiva que por mucho que quisiera a mi enamoradito de turno era muy probable que eso terminara también.

Tuve de ganas de llorar, porque él había tenido razón y yo no. Mi historia con Ícaro había terminado, y varias otras también. ¿Me pasaría lo mismo otra vez, volvería a acordarme de la última vez que le cociné a alguien la cena? El peso de mi cuerpo venció mis rodillas y apoyé mi frente en mis brazos, ahogando un sollozo. Dudé en pedirle a Dios que no me quitara a Dom, tantas veces le había pedido que no me quitase a alguien que quería e igual lo había hecho. La canción terminó, tomé aire y me soné la nariz antes de seguir cortando los tomates que iba a cocinar.

Dom llegó dos horas después con un beso y el pelo un poco aplastado. Sacamos juntos a Rex y abrió la botella de vino que había traído con él; Rex estuvo engriéndose con nosotros un rato hasta que le dio frío y subió a mi cuarto a acurrucarse en su rincón.

Serví la entrada en los platos de vajilla italiana y Dom sirvió el vino en copas de cristal alemán. Prendí las velas azules que había puesto en el comedor y sonreí, disfrutando el momento. Dom me cogió una mano y acarició el dorso con su pulgar, acercándome a su boca.
- Te quiero. –dijo, mirándome a los ojos.
- Yo también.
Apretó mi mano y la dejó, cogiendo sus cubiertos.
- Hoy fui a ver a mi papá. –dijo, empezando la conversación.
- ¿Ah, sí?
- Sí. No lo había visto desde… el domingo, ese domingo.
- Wow.
Boris Stier (el papá de Dom) trabaja en la SanTo, y su sitio de estacionamiento está al lado del de Dom.
- ¿Y qué tal?
- Está súper emocionado. Por… –se cortó. Decir “tu hermanito” habría sido supremamente estúpido.
- ¿Ya saben el sexo? –pregunté.
- Es hombre. Creo que le van a poner Mauricio, pero… –movió las manos, como queriendo deshacerse del tema. –La verdad no sé qué debo sentir.
- Nada. –respondí.
- ¿Qué?
- Nada. No debes sentir nada, los sentimientos no son un deber, simplemente existen o no. –lo miré a los ojos.
- ¿Tú sentiste algo cuando…?
- Celos. Rechazo, también. No me gustaba cuando mi papá venía y olía a talco de bebé.
- ¿En serio?
- En serio.
- Anoche en Wong evité el corredor de bebés como si fuera la plaga. –dijo, con una sonrisa ladeada. Suspiró. –La verdad no siento que lo quiera. Sí, yo sé, va a ser mi hermano, pero… no sé, siento que Gustavo es mucho más mi hermano de lo que ese niño alguna vez vaya a ser. Podría ser mi hijo. O sea, podría totalmente ser mi hijo, sin roche.
- Sí. –Sé cómo se siente. –Pero el tiempo ayuda.
- Se supone que cuando lo cargue voy a tener todos estos sentimientos.
- Podría ser, pero si no sucede tampoco deberías culparte.
- ¿A ti te funcionó?
- No. Pero también yo soy recontra inmadura…
Rió.
- ¿Sabes en lo que he estado pensando todo el día?
- Nope. Dime.
- ¿Cómo hacía Boris –Boris, no “mi papá” –para dormir en la misma cama con mi mamá sabiendo que su amante estaba embarazada?
- ¿Ya no duermen juntos?
- No sé, no he preguntado –negó rápidamente con la cabeza, un escalofrío en su cuello –y tampoco quiero saber, pero… puta madre.
- Sorry.
- No, no, no eres tú, es… puta madre.
- Sí.
Puta madre, indeed.
- ¿Tú crees que sea genético?
- ¿Qué cosa?
- La infidelidad.
- Yo creo que el comportamiento humano es demasiado complejo para ser reducido a una causa genética, a un neurotransmisor que no hace su trabajo. ¿Te preocupa que sea genético?
- ¿A ti?
- No.
Sonrió, reconfortado. Me di cuenta que había tomado mi respuesta como que no me importaba si él tenía un componente genético de infidelidad, cuando yo la había interpretado como si a mí me preocupara el componente genético de infidelidad que yo tengo; preferí no corregirlo porque de todas maneras tenía razón, no me importa. Habíamos terminado la entrada.

- Voy a traer el pulpo. ¿Me ayudas con la maderita?

Fuimos a la cocina y destapé la cacerola donde estaba el pulpo; el vapor se había condensado en la tapa, y el ají panca envolvía el resto de los olores como un terciopelo.
- Huele rico, ¿no? –Volteé a coger las manoplas, y Dom puso sus manos en mis hombros, subiendo hasta mi cuello.
- Eres tan sexy. –susurró. Solté las manos de la cacerola, cogiéndole los codos con las manoplas aún calientes. Volteé para besarlo, y no pude resistir morderle un poco el labio.
- ¿Tás con hambre? –susurró, antes de morderme la oreja. Me abrazó, alejándome de la cocina, y se sentó en uno de los bancos, ambos a la misma altura.

- ¿Alguna vez has estado con alguien que ya estaba con otra persona? –preguntó.
- ¿Tú?
- Sí. ¿Tú?
- También.
- ¿Cuándo?
- Antes de que nos volviéramos a ver.
- ¿Casado?
- No, pero tenía enamorada.
- ¿Lo conozco?
- No.
- ¿Y qué pasó?
- Fui a su departamento.
- ¿Tiraron?
- No. Casi todas las paredes tenían un cuadro o pintura que su enamorada le había regalado.
- Ala mierda.
- Sí. Entré a esa casa y me di cuenta que el amor vivía ahí; tuve que esconderme en la sombra de una refrigeradora.
Estiré mi mano, tocando el borde de la mesa.
- Su corazón latía como un tambor de guerra; parecía una arritmia, y se lo dije, pero me dijo que era la emoción de estar conmigo. Me dio asco. Me di asco, y pena también.  

Me saqué una manopla, cogí la mano de Dom y entrecrucé mis dedos con los suyos. Vi cómo mi piel canela contrasta con su palidez invernal y luego lo miré a los ojos.
- El martes siguiente te vi. Justo el domingo mi papá había hecho un comentario que escuché de casualidad: decía que le daba miedo que me quedara sola porque estaba buscando al hombre perfecto.
- ¿Y lo encontraste?
- Parece que sí.

Seguimos besándonos, la cacerola destapada, el silencio de una noche de viernes en Miraflores.
- ¿Cómo fue contigo? –pregunté. – ¿Estaba casada?
- No.
- ¿Tiraron?
- Sí.
- ¿Más de una vez?
- Sí. –rió.
- ¿Valió la pena?
- Lo hice por joda. Ella quería que estuviéramos, pero…
- Tú no.
- No. –me miró, súbitamente serio. –Qué mal, ¿no?
- ¿La engañaste? –pregunté.
- ¿A qué te refieres?
- O sea, le dijiste que ibas a estar con ella, que la querías…
- No, sólo le dije que le tenía ganas y ya. Fue al toque, tres veces. No fue muy bueno tampoco.

Lo abracé, recostando mi cabeza en su hombro. La pequeña sesión chape - confesionario se había sentido sexy en una forma medio prohibida, pero se había terminado.
- ¿Qué piensas? –pregunté.
- Intento no pensar.

Cuando subimos Rex ya estaba durmiendo, echado en su mantita de polar. Dom prendió la tele y se sacó la ropa metódicamente, doblando cada prenda y dejándola en la silla. Se quedó en bóxers y se echó en la cama.

Nos abrazamos, su olor inundando mis sábanas. Sus manos estaban heladas, y cuando me tocó la espalda no pude evitar arquearla.
- Sólo porque te quiero… –dije.
- Es que estás calientita. –dijo, dándome un beso en la sien. Me sacó el sostén con esos dedos de White Walker.
- Mi bisabuela decía “cuatro piernas bien cruzadas abrigan más que veinticuatro frazadas”. –dije, entrecruzando mis piernas con las de él.
- ¿Conociste a tu bisabuela?
- Sí, cuando era chiquita. Pero mi papá era el que me decía eso, sobre su abuela. Era muy dada a los refranes, mi abuela tiene un cuaderno con todos apuntados.
- Yo no conocí a mi bisabuela. Se quedó en Alemania.
- ¿Tu papá la conoció?
- Sí. Iban al mercado, y cuando regresaban probaban toda la salchicha. Wurst. – rió. –Cuando vivía en la casa mi papá y yo íbamos a Wong a comprar los jueves en la noche, queso, vino, chela y Wurst, todos los jueves.
- ¿Y cuando regresaban probaban toda la Wurst?
- Toda. –sonrió.

Hicimos el amor en una forma inesperadamente tierna, familiar. Besé su espalda, acaricié sus muslos, lo hice rendirse ante el poder inconfesable de mi boca mientras él decía que era mío, que podía tatuarlo, ponerle una bandera, lo que quisiera. Me abrazó y me besó mientras me veía mirarlo, absolutamente suya, cada centímetro de mi cuerpo, cada resquicio de mi alma. “Dios”, decía el ateo cuando lo besaba en el cuello; cuando se lo hice notar dijo que no tenía ningún problema con la palabra, porque en esa instancia yo era divina.

Ya era cerca a las doce, yo me estaba quedando dormida, Dom estaba viendo una de las de Fast and the Furious.
- No sé si voy a volver a tener una de esas. –dijo.
- ¿Mh?
Me desperté, volteando a ver la tele. Era una escena en la que todos los personajes almuerzan juntos.
- Probablemente sí. –dije. –No va a ser igual, pero de todas formas nunca nada es igual.

Se quedó callado, mirando la película. Le di un beso y movió sus dedos en mi pelo un par de veces. Apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón. Era como si todo tuviese sentido; todas las veces que mis historias acabaron, todas las veces que le tuve que decir adiós no solo a quien me dejaba sino a quien yo pude haber sido.

- No quiero dejar de abrazarte nunca. –dijo. –Te amo.
Me gustó como lo dijo, tan factualmente, tan es-algo-obvio, sin buscar una respuesta o con implicancias ulteriores. Toqué la punta de mi nariz con la suya.
- Yo también. –respondí.

- Lo sé. 

sábado, 18 de julio de 2015

El himno del privilegiado y la miope

El recipiente de vidrio en el que mi mamá llevaba su almuerzo se había caído abruptamente, deshaciéndose en mil pedazos. El cuchillo que estaba cortando hígado había cortado inintencionalmente un pedacito de pulgar. La blusa rosada había estado a segundos de quemarse bajo la plancha.

Mary Condori se levanta todos los días antes de las cuatro de la mañana para cocinar la comida en su casa. Toma un micro ya más o menos lleno a eso de las cinco, y llega a la puerta de mi casa a más tardar a las seis y diez. Su vida es parecida a la de los otros nueve millones de vidas que trascurren en Lima, pero dos días antes le había sucedido una tragedia doméstica: su perrito se había perdido.

- Bonitas botas. –dijo Dom.
- Gracias. –respondí. Subí al carro, cerré la puerta y volteé a mirarlo. Nos acercamos para darnos el beso de saludo protocolar y volvimos a nuestros sitios.
- Pensé que ibas a usar la blusa rosada. –dijo él.
- Tuvo un accidente.

Dom y yo estábamos yendo a una parrillada en Cieneguilla, en la sierra chic de Lima. Uno de sus amigos, que casualmente tiene caballos, la estaba organizando por no me acuerdo qué. Dom estaba con el pelo cuidadosamente desordenado, una camisa a cuadros azul claro, tradicionales pantalones beige y zapatos marrones. Yo estaba con mis botas negras hasta la rodilla, una faldita negra, chompa color hueso y el pelo más largo que he tenido en años. La radio sonaba, Dom cantaba un poco y yo sonreía mientras intentaba olvidar el hambre.

Súbitamente un carro nos cerró en la avenida.
- ¡Cholo de mierda! –escuché. Pasamos el carro, bajé las manos y las apoyé en mi regazo. No hubo otros inconvenientes para llegar.

Cómo Dom y yo habíamos vuelto a hablarnos había sido muy típico de la forma de ser de los dos. El Dr. Dominic Stier, cirujano joven y exitoso de la Clínica Santo Tomás (la mejor clínica de Lima) estaba pasando visita a uno de sus pacientes, escribiendo en la historia clínica con una pluma elegantísima que comunicaba sin vergüenza al todo el que la viera cuánto dinero tenía su dueño. Yo, cubriendo a uno de mis profesores ahora vueltos amigos, había ido a pasar visita a un paciente suyo y estaba acercándome al counter para hacer mi nota cuando escuché por lo bajo un “carajo”.
- ¿Qué fue? –pregunté, como si sólo hubieran pasado dos horas de habernos visto y no cuatro años.
- Se me acabó la tinta. –dijo, levantando la vista. No había necesitado verme para saber quién era.
- Toma. –dije, sacando mi pluma de veinte soles de mi bolsillo y extendiéndosela. La cogió.
- ¿Tienes algo que hacer en la noche? –dijo, bajando la vista de nuevo a su historia.
- No.

Fuimos al Tanta del Real Plaza y cada uno se pidió un chilcano. Él estaba con una camisa blanca y una corbata lila, su saco negro colgado en el respaldar de su silla, su muñeca izquierda reluciente con un reloj precioso. Yo estaba con un pantalón y ballerinas beige, polo blanco, collar de perlas y mi saquito azul marino; se me veía bien. 
- Terminaste con Leo. –empezó.
- Hace tiempo. –dije, tomando un sorbo. Hacía mucho que no pensaba en él.
- ¿Qué fue?
- ¿Qué sabes? –Dom sólo estaba tentando el terreno. Era obvio que sabía.
- Por ahí me contaron que había sido por un tema de racismo.
- Marcelo. –concluí.
- Él fue el que te contó lo de Camila, ¿no?
- No. –mentí.
- No tienes que cubrirlo, ya pasó mucho tiempo. –dijo, con un tono admirativo en su voz.
- Sí fue cierto lo del racismo, por lo menos hasta donde yo sé, pero también hubo un traslape al final.
- ¿Tuyo o suyo?
- Suyo. Pero no me quejo, o sea, igual no era una buena relación.
- Si no te molesta que te saque la vuelta es que tú también fuiste infiel.
- Técnicamente nunca estuvimos. –dije. Dom soltó una carcajada muy varonil.
- ¿Otro chilcano?
- Sí.

Chilcanos, alitas, comentarios sobre la boda de Marcelo a la que ninguno había sido invitado, la conversación era igual de cómoda que cuando estábamos los dos en scrubs, las piernas levantadas en sillas, evolucionando a nuestros pacientes.
- Pensé que te ibas a ir a USA. –dijo.
- Yo también. –lo miré sonriendo. Entendió.
- ¿Después de que termines vas a venir a la clínica?
- Puede ser. Primero tengo que terminar.
- Necesitamos un psiquiatra residente, por lo menos. Tres sería ideal. Dirección médica está desesperada pero tampoco podemos meter cualquier cosa.
- “Podemos”. –repetí. El papá de Dom es accionista de la clínica.
- Sigues igual de joda. Más flaca, pero igual de joda. –paró y se miró a sí mismo. – ¿Y yo? ¿Cómo sigo?

Dom ya era guapo cuando lo conocí, del tipo aristocrático, delgado, longuilíneo. El tiempo sólo lo había vuelto más hombre, más cuajado.
- Guapísimo. –respondí en honestidad. Sonrió satisfecho de sí mismo.
- Por lo menos no te ha aumentado la miopía.
- Error, me aumentó.
- ¿En serio?
- Sí, soy un topo.
- Tampoco es que hayas sido un lince antes. ¿Cuánto estás?
- 6.5 y 4.5
- Ah, como yo.
- ¿Qué? –mi corazón latió un poquito.
- Yo me operé, ¿no sabías?
- Para nada.
- Sí, hace tiempo.

¿Mencioné que me gustan los miopes? No sé si es parte de la imprimación de mi primer enamorado o mi narcisismo isomeral, pero entre las cualidades que me gustan en un hombre la miopía es una de las que más me enternecen.

Ese noche fue martes. En la semana seguimos hablando por Whatsapp y Facebook, y el sábado quedamos para una semi maratón de episodios escogidos de Evangelion en su departamento, previa parada en Wong para abastecernos de cerveza.

El departamento de Dom queda cerca a mi casa, en el último piso de uno de los edificios de Barranco que mira a la quebrada Armendáriz. Me hizo un pequeño tour del lugar, todo bonito y decorado mucho más a mi gusto que su fabulosa casa de San Isidro.
- Por si acaso –dijo, cuando entramos a su enorme baño con walk-in closet –aquí tengo otro cepillo de dientes. –Se agachó al aparador debajo del lavatorio y sacó un cepillo de dientes azul, todavía en su paquete.
Sonreí, consciente de la implicancia.
- Gracias.

Nos sentamos en el gran sofá de la sala, uno al lado del otro, cada uno con su cerveza. Dom me ofreció la mano izquierda, que tomé con mi derecha. Me sorprendió y me conmovió su gentileza; imaginaba que si iba a pasar algo (obviamente imaginaba que iba a pasar algo) iba a ser mucho más dominante de su parte, y no el gesto dulce que fue.

Poco a poco fuimos acercándonos más; yo me apoyé en su hombro, él me abrazó, yo me saqué los zapatos y subí los pies encima del sofá, él apoyó sus piernas en la mesa ratona.
- Me muero de ganas de besarte. –dijo, mirando todavía el televisor.

Acaricié su mentón con la punta de mi nariz hasta llegar a la mandíbula y le di un beso suave en el cuello. Cogió mi mentón con sus dedos y me guió hasta sus labios. Nos besamos, abrazados, recostándonos en el sofá. El capítulo terminó, la cancioncita de Fly me to the Moon cantada por una japonesita anónima terminó también. El súbito silencio nos sorprendió.
- No vamos a seguir viendo, ¿no? –dijo, sonriendo encima de mí.
- No creo.
- ¿Quieres que ponga música?
- Sí.

Se levantó, sus medias azules contrastando con la alfombra crema hecha de retazos de piel de alpaca.
- ¿Sugerencias? –preguntó.
- Fleetwood Mac.
- Spotify. –dijo. Bajé la mano y toqué la alfombra, suavecísima al tacto.
- Qué rica es tu alfombra.
- Sí, ¿no?
Movió los pies y sonrió inocentemente, como una oveja.

“Gypsy” empezó a sonar en su equipo, tan perfectamente calibrado que se sentía como si el sonido nos estuviera envolviendo. Regresó al sofá, echándose encima de mí con una sonrisa preciosa Nos caímos en cámara lenta hacia la alfombra, besándonos; su barba arañaba mi piel, su mano derecha aprisionaba mi muñeca izquierda por encima de mi cabeza, su mano izquierda detrás de mi cintura, mis dedos acariciaban su cabeza desde la nuca.

Hacíamos pausas, me arreglaba el pelo, se sacó la chompa y la mía (“levanta los brazos”, dijo, y por un momento pensé que me iba a sacar todo de un solo tirón, pero sólo mi chompa salió). Nos decíamos cuánto nos gustábamos y qué sorprendidos estábamos de lo que estaba sucediendo. Una media hora (o fácil dos horas después, no vi el reloj) nos separamos un ratito y nos miramos a los ojos.
- Tengo hambre. –dije, muy seria.
- Yo también. –respondió, igual de serio.
Estallamos en risas, él escondiendo su cara en mi cuello, yo abrazándolo con los dos brazos.

Fuimos a comer hamburguesas a un taller que queda muy cerca a mi casa, y después de haber acabado le dije que sería mejor que me fuera a mi casa. Caminamos de la mano por la calle, dándonos besos de vez en cuando, y fuimos al malecón a abrazarnos un ratito. Llegué a la puerta de mi casa a las 12 en punto, como cenicienta.

El sábado siguiente a ese era la fiesta de cumpleaños de Imago, y lo esperado era una reunión de la familia de trastienda, mi grupo de amigos. Por una u otra razón a lo largo del tiempo nunca había llevado a algún chico con el que estuviera saliendo a esas reuniones; en el momento había sido más por problemas logísticos, pero en retrospectiva me gustaba no haberlo hecho.

La mayoría de los hombres (Imago, Fenret, Loko, Caimán y los otros amigos de Imago) estaban jugando Smash mientras los otros miembros de la familia (Qaleidoscopio, su enamorado, Vikinga y yo) suplían las funciones que el anfitrión estaba demasiado distraído para cumplir. Dom iba a llegar después porque tenía una sala programada hasta las nueve de la noche, pero se apareció con un par de twelve packs de cerveza que lo hizo ser muy bienvenido en el torneo de la PC Master Race.

Después de dejar que gane y pierda un par de veces lo llevé a la cocina. Cortamos panes, pusimos chorizos recién salidos de la parrilla que Qaleidoscopio y su enamorado estaban manejando.
- Puede que no parezca, pero que estés aquí es un privilegio. –le dije en un momento.
- Sí lo sé.

La diferencia entre ese sábado de reunión íntima y la escena con la que me encontré en Cieneguilla era abismal. El fundo (no sé con qué otro nombre decirle) se veía a lo lejos, y el grupo de Dom estaba reunido en pequeños grupos de cinco o seis personas, cada uno con un trago preparado por un barman, un trecho muy largo desde mis amigos con cervezas jugando play en la sala de su casa.

Nos unimos al grupo de Gustavo, el mejor amigo de Dom. La conversación fluía ininterrumpida, convenientemente sazonada por indiscreciones de origen alcohólico que sólo se harían cada vez más frecuentes con el pasar de las horas. La honestidad y su hermana melliza la indiscreción son de las más peligrosas hijas adoptivas del alcohol y se encuentran especialmente presentes en grupos de amigos que se envidian secretamente.

Años antes las personas de ese círculo social me intimidaban, especialmente las mujeres perfectamente arregladas y conscientes de ello; ahora que muchas de su tipo eran mis pacientes lo que sentía era una honestísima indiferencia. El tema de conversación del momento era la dificultad de una de las enamoradas/esposas de los amigos de Dom para colocar los últimos dos cachorros de la camada que había tenido su perra, una Jack Russel Terrier de pura raza.
- Ya no sé qué hacer con las últimas dos. –dijo ella. Volteó a mirarme y un pensamiento la sorprendió. – ¿Tú no quisieras una?
- No gracias –dije. –Ya tengo a Rex. Es... –me interrumpí. – ¿Espera, las estás regalando?
- Sí.
- ¿Jack Russell Terrier?
- Sí.

Saqué mi celular de la cartera y busqué mi lista de contactos, Mary Condori.
- Yo no lo quiero, pero justo mi… –me volví a interrumpir, mirándola. –Voy a llamar, un ratito.

He de confesar ante ustedes hermanos que por un par de estúpidos segundos se me ocurrió a pensar en las reservas sociales que considerarían inapropiado que una cachorra finísima, controlada con ecografías en su embarazo y con collar de cuero hecho a medida fuese a terminar de mascota de una empleada del hogar en San Juan de Miraflores. Gracias a Dios recuperé el sentido lo suficientemente pronto para no sólo darme cuenta de que la perrita sería probablemente más feliz en San Juan de Miraflores, libre y capaz de hacer amigos en vez de restringida a una correa, sino de que de repente 1) el perrito de Mary ya había regresado a su casa o 2) ella no quería un cachorro de repuesto.

Mantuve mi celular en la mano un momento, mirando el paisaje, y me distraje con la sombra de un caballo negro que se veía a contraluz. Me acerqué a la verja que nos separaba, hecha de madera sin pintar; el caballo no me hizo caso alguno.
- Lindo, ¿no? –dijo Dom, acercándoseme con dos copas de vino.
- Hermoso. ¿Es para competencias? No parece de trabajo.
- No sé. ¿Quieres que le pregunte a Augusto?
- No. –volteé, sonriendo. –Quédate conmigo. –bajé mi mano derecha y Dom la cogió.
- ¿Te he presentado a mi papá? –preguntó.
- Nope.
- Debería.
- ¿Deberías? –Hacerme la tonta no me sale bien con un par de tragos encima.
Me miró con la certeza de quien sabe que está cogiendo una mentira. Tomó un sorbo de su copa, dejándome entender lo que no era necesario explicar.

Un mozo se nos acercó a decirnos que la parrilla ya estaba lista y súbitamente recordé que hacía menos de tres horas el primer insulto que había salido de su boca era cholo de mierda, y yo soy chola.

- ¿Te puedo hacer una pregunta incómoda? –dije.
- ¿Cuándo alguna de tus preguntas no ha sido incómoda?
Reí.
- Dale, pregunta. Tengo una idea de qué se trata.  
- Tú sabes que soy chola, ¿no?
- Eres trigueña, sí. –dijo, sorprendido. Aparentemente la idea que tenía no era la misma que yo.
- Trigueña, sí.
- ¿Por qué preguntas esto?
- Porque no le dijiste trigueño de mierda al que te cerró en la Vía Expresa.

Dom tomó aire, bajó la mirada y apoyó su copa en la verja. Pensé que se iba a quedar callado; el Dom de antes lo hubiera hecho.
- No quise ofenderte cuando dije eso. No pensé, no te consi –se cortó.
- No me consideras chola. –completé.
- Es diferente, el imbécil casi me choca.
- Sí sé, pero no le dijiste imbécil ni estúpido ni cojudo, le dijiste cholo de mierda. –respondí, con un tono de ligera decepción.

Guardamos silencio, pero nuestros dedos seguían entrelazados, nuestras manos unidas con la misma fuerza.

- ¿Tienes miedo de que haga lo que Leo hizo contigo? –preguntó Dom, rompiendo el silencio.
Me cogió desprevenida. Pensé unos instantes, sintiendo una sorprendente claridad.
- En realidad tengo más miedo de que hagas conmigo lo que hiciste con Mariana. –dije.
Sonrió, consciente de sí mismo.
- No creo que suceda. –dijo. –Específicamente porque yo no soy Leo y tú no eres Mariana.
- Cierto.
Apoyé mi cabeza en su hombro y pasó su brazo por encima.
- ¿Quieres, Gabriela, estar conmigo, Dominic?
- Sí.

Esa fue la primera vez que alguien me preguntó si quería ser su enamorada. Sí, yo sé, he tenido enamorados antes, pero la determinación de nuestra situación nunca había sido en forma de pregunta; la primera vez me gritaron, la segunda me informaron, y las dos relaciones estables que tuve después fueron tácitas, en esa indeterminación resbaladiza que me hacía sentir permanentemente insegura. Las palabras y la formalidad que conllevaban tenían un peso muy valioso para mí.
- Mañana te recojo a la una. –dijo. Miró mi chompa, como si recordara algo. – No me contaste qué pasó con la blusa rosada.
- Mary casi la quema.
- ¿Mary?
- Mi empleada.
- ¿Así? ¿Qué le dijiste?
- Nada. –tomé un sorbo de vino. –Estaba teniendo un mal día. Se le cayó el pyrex de mi mamá, se cortó el dedo mientras estaba cortando la carne…
- ¿Y no le dijeron nada?
- No, es que está triste, antes de ayer se le escapó su perro.
- Pero eso no es motivo…
- Estaba llorando mientras lavaba la ropa. No te pases, si Rex se perdiera yo también me pondría así.

Dom hizo una mueca que asumo que quería ser de empatía y yo levanté su mano para darle un beso.
- La esposa de Augusto tiene un par de cachorras que le sobran. –dije.
Dom chuckled; sí, sorry por el Spanglish pero no puedo encontrar una palabra exacta para definir la risa corta que no es sonrisa pero tampoco carcajada ni risa risa.
- Me parece una excelente idea. –dijo, con la misma mirada de niño rico consentido que le conocí en el pabellón.

Le di un beso en los labios y saqué mi celular. Mary no contestó a la primera (me mandó a buzón de voz) pero en el segundo timbrazo de la segunda llamada escuché su voz aguda.
- ¿Sí Grabielita?
- Mary, ¿ya has conseguido un nuevo perrito?
- No, Grabiela, todavía estamos buscando.
- Una de las amigas de mi enamorado –esa frase sonó increíble –tiene una cachorra que está regalando. Es hembra, y es pequeña, no va a crecer mucho. ¿La quisieras?
- ¡Ay Grabiela! Gracias, muchas gracias, te lo voy a agradecer.
- Perfecto. Conversamos el lunes.
- Muchas gracias, Grabielita. Que el Señor te bendiga.
- A ti también Mary, cuídate, nos vemos.

Colgué, metí de nuevo mi celular en la cartera y le di un beso en el hombro a Dom. El atardecer estaba llegando sin el dramatismo de las nubes naranjas del verano, pero de todas formas la luz dorada del sol que se escondía hacía que el paisaje se viera hermoso.

- ¿Todo esto es de Augusto? – pregunté, señalando la vista con la cabeza.
- De su papá, sí. Enorme, ¿no?
- Sí… es increíble. Deben tener muchísimo dinero.
- Yo también. –respondió, una sonrisa autosuficiente. –Y soy hijo único.
- Lo sé.

Regresamos al grupo y comimos la parrillada, que estaba excelente y sabía aún mejor porque Dom me dio de comer cada bocado. Me enteré de detalles de la vida privada de personas desconocidas, tomé una cantidad indeterminada de copas de vino, consecuentemente fui más de dos veces al baño (que era muy elegante y estaba ecuestremente decorado) y a eso de las diez Dom me apretó la mano, comunicándome que ya nos íbamos. Me despedí afectuosamente de todos mis nuevos conocidos, especialmente de María Fe, la esposa de Augusto, porque habíamos quedado que Dom iba a recoger a la cachorra el lunes.

Ya estábamos a mitad de camino en la manejada de vuelta a Lima cuando puso pausa en su música.
- Pon lo tuyo. –dijo, desconectando su celular.

No existe el hombre perfecto. Su gusto en música es excelente para una fiesta de sábado en la tarde en la playa y no está nada mal para cantar en el carro, pero de vez en cuando me gusta escuchar indie o recordar mi pasado affair gótico - metalero. ¿Pido mucho? Probablemente.
- Siempre he pensado que te gustan cosas raras. –dijo, mientras conectaba mi celular.
- Tienes mucha razón.

Puse The Killers, Mr. Brightside. Quería ir despacio; ya habría tiempo para el metal industrial alemán.
- Poooota qué buena canción… –empezó. –Pensé que ibas a poner un huayno para matarme un poco.
- ¿Qué?
- Nada, nada, me encanta esta canción, hace años que no la escucho.
- Acabas de ponerme en jaque.
- ¿Por qué?
- No tengo ningún huayno aquí.
- ¿Ah no? –dijo, haciéndose el sorprendido. – ¿Ni música criolla?
- Eva Ayllón, creo. –cogí mi celular y busqué “Eva”. Eva Ayllón, Evanescence, Evans the Death.
- Un año en Pomabamba y ni un huayno. –dijo, con un poco de sorna; asumo que se sintió reivindicado. – ¿Tienes algo de Grupo 5?
- No. Sé que el hermano menor fue a Berklee e hizo que su orquesta sinfónica tocara la música de Grupo 5.
- Ala mierda, ¿en serio?
- Sí.
- ¿Dónde te enteraste?
- El Panfleto. –un pasquín SanchezCerrista de antropología práctica experto en meter el dedo en la llaga urbano marginal peruana.
. ¿Te sabes la letra de esta? He takes off her dress, now, let me go… –empezó a cantar.
- And I just can’t look, it’s killing me and taking control. –seguimos los dos juntos.

Cantamos a voz en cuello, el camino libre, acercándonos a la noche de cielo rosado limeña. Sonreí y reí, mi corazón henchido de felicidad; me di cuenta que ese momento, los dos en el carro, era uno de los momentos que iba a recordar el resto de mi vida.

Cuando Mr. Brightside terminó desconecté mi celular y conecté el suyo.
- Pon Grupo 5. –dije.
Sonrió y no dijo nada. Tampoco necesitaba hacerlo.

Metal industrial alemán; tengo varios amigos alemanes que ni siquiera saben que existen esos grupos en su país y se saben la letra completa, en español, de La Camisa Negra. Asumo que por eso somos amigos: el que considero mi refinado gusto es sumamente ignorante de la realidad mucho más cercana que me rodea.

Mientras Dom cantaba con bastante sentimiento una estrofa (es bien afinado, de verdad canta bonito) me acordé de un documental que había visto hacía años, Sigo siendo. Es sobre la música tradicional peruana, selva, sierra y costa, norte, centro y sur. Había un violinista excelso cuyo trabajo de día era heladero; me acordé que había pensado que de repente lo había visto alguna vez en los caminos de Lima, y jamás habría reparado más de un segundo en él. Probablemente si me hubieran pedido una opinión en frío no se me habría ocurrido que un personaje tan anodino podría ser capaz de tal belleza.

Miré fuera de la ventana, buscando a las personas que nos rodeaban, los pasajeros de micros regresando cansados a sus casas o tal vez saliendo a trabajar la noche. ¿Qué canciones escuchaban ellos? ¿Cuáles eran las letras que cantarían con sentimiento? ¿Qué escucha Mary cuando escucha música, por ejemplo? ¿Con qué canción llora? La mujer pasa siete horas de lunes a sábado en mi casa hace siete años y ni siquiera sé cuál es su grupo favorito.

Llegamos a mi casa y Dom estacionó frente a mi garaje. El imbécil del Audi blanco de al lado estaba a punto de estacionarse bloqueando mi garaje, como hace a menudo, pero al ver la camioneta Porsche retrocedió y se estacionó en su lugar.
- Sana y salva, en la puerta de tu casa. ¿Te acompaño?
- Hoy no. Mañana.

¿La verdad? Sí, quería que fuera especial y todo pero digamos el 80% de mi negativa tenía que ver con que no me había depilado.  

- O.K. Mañana te recojo a la una. Y después vamos a mi casa.

Sonreí de manera cómplice y lo besé con ganas; fue difícil no decir a la mierda, que entrara, pero sólo tenía que esperar medio día más.

No voy a entrar en detalles, pero la (cortísima) espera valió absolutamente la pena y mucho más.
Miré fuera de la ventana, buscando a las personas que nos rodeaban, los pasajeros de micros regresando cansados a sus casas o tal vez saliendo a trabajar la noche. ¿Qué canciones escuchaban ellos? ¿Cuáles eran las letras que cantarían con sentimiento? ¿Qué escucha Mary cuando escucha música, por ejemplo? ¿Con qué canción llora? La mujer pasa siete horas de lunes a sábado en mi casa hace siete años y ni siquiera sé cuál es su grupo favorito.

Llegamos a mi casa y Dom estacionó frente a mi garaje. El imbécil del Audi blanco de al lado estaba a punto de estacionarse bloqueando mi garaje, como hace a menudo, pero al ver la camioneta Porsche retrocedió y se estacionó en su lugar.
- Sana y salva, en la puerta de tu casa. ¿Te acompaño?
- Hoy no. Mañana.

¿La verdad? Sí, quería que fuera especial y todo pero digamos el 80% de mi negativa tenía que ver con que no me había depilado.  

- O.K. Mañana te recojo a la una. Y después vamos a mi casa.

Sonreí de manera cómplice y lo besé con ganas; fue difícil no decir a la mierda, que entrara, pero sólo tenía que esperar medio día más.


No voy a entrar en detalles, pero la (cortísima) espera valió absolutamente la pena.

sábado, 28 de marzo de 2015

Autoindulgencia (Decepción)

Habían sido una serie de días difíciles, en los que había sido atacada sin restricción ni anestesia alguna, llevando al límite la fuerza de mi piel. Me sentía emocionalmente amoratada, post-paliza, no sangrante pero no por eso menos adolorida. Buscaba refugio.

- ¿Qué pasó? –me preguntó. Me eché en el sofá mientras él me traía un poco de jugo de maracuyá de la cocina.
- Muchas cosas... ven aquí.

Estaba acurrucada en el sofá cuando vino y se sentó a mi lado. Extendí los brazos hacia él, buscando un abrazo, pero me acarició la cabeza y sonrió un poco.
- Cuéntame. -dijo.
Dejé los brazos arriba un par de segundos más, como esperando que se diera cuenta, pero los recogí de nuevo y empecé a contarle todo, desde el principio.

Me habían querido botar del trabajo. El asunto no había ido a mayores básicamente porque los jefes de mi “jefe” lo habían impedido, pero mi nombre ya había sido voceado en círculos poco convenientes y con connotaciones poco halagadoras. En los detalles de la historia obviamente había errores míos; no es que el asunto del casi despido había salido de la nada, pero la excusa que se daba era francamente irrisoria.
- O sea, sí hubo error tuyo. –observó cuando terminé de contarle.
- Sí.
- Pero no justificaba la reacción.
- No.
- Ya había una mala intención contra ti. Ése fue el verdadero error; haber generado desde el inicio una mala intención.

Suspiré. Me estaba dando un diagnóstico.

- Por un lado te admiro por poder soportar un rechazo tan frontal –dijo. –Cuando yo creo que le caigo mal a alguien me entra ansiedad y pienso en eso todo el rato, pero tú puedes vivir con eso como si nada.
- No es que no me duela. –dije, casi exhausta. Tomé aire –En todo caso prefiero los enfrentamientos frontales.
- La mayoría de personas los evita.
- Probablemente por miedo. A mí me tranquiliza saber que estoy siendo atacada; ya no tengo que preocuparme por ser agresiva.

Me volteé un poquito, aún echada. Hablar de mi agresividad me consoló un poco.

- Repito, te admiro por la fortaleza, pero no es una buena forma de lidiar con la gente. Polarizas a las personas: o te aman o te odian, y el neutro es que dicen que eres rara. No hay un verdadero término medio. No hay un normal; eres demasiado fuerte.

En ese momento lo que menos me sentía era fuerte, y lo que menos me importaba era ser normal.

- Bueno –continuó, recapitulando. –Igual ya postulaste a la SanTo, ¿no? Creo que eso lo va a mejorar. Nadie dice que seas mala médico, pero sí deberías estar consciente de tus descuidos.
- Crítica constructiva. –dije, frustrada.
- Exacto. Crítica constructiva. –sonrió, satisfecho. – ¿Te sientes mejor?
- No, en lo absoluto.
- ¿Qué, por qué?
- Porque has hecho una autopsia de la situación y cómo soy cuando lo único que quería era un abrazo.
- Pero quería saber qué había pasado para poder ayudarte mejor.
- Te hubiera podido contar mientras me abrazabas.

Se quedó callado. Yo sé de silencios, y ya desde el inicio no me gustó.

Probablemente otro día hubiera peleado; habría buscado la forma de arreglarlo, esforzarme, acomodar la situación para que las cosas funcionasen. Pero ese día estaba cansada y ni siquiera levanté la cabeza. Si no podía sobrevivir por sí mismo merecía morir.

- Estás molesta porque te he criticado.
- No. –dije, con pena.
- Sí. Estás molesta porque te he criticado y porque te he dicho que te habías equivocado, pero es la verdad. No voy a mentir y a decir que todo lo que hiciste está bien y que los otros se han equivocado en todo porque también es culpa tuya.
- Yo sé.
- ¿Entonces si lo sabes por qué te molestas?
- No estoy molesta.
- ¿Entonces?
- Tengo pena. –dije. –No estaba buscando que me mintieras ni que me dijeras que todo lo que hice estaba bien, estaba buscando un abrazo.

Me abrazó. Cerré los ojos e intenté ser agradecida con el cariño que me estaba dando pero estaba demasiado débil para mentirme a mí misma.

Me estaba abrazando de la misma manera que un adulto abraza a un niño enfadado; condescendencia sublime y generosidad hacia alguien que por naturaleza aún no entiende. Me quedé callada, por cariño y por respeto; él todavía no se había dado cuenta de que había empezado la agonía. Intenté culparme a mí misma por lo del día de la cremolada: había sido mi culpa al mostrar tan abiertamente mi fuerza, había sido mi culpa porque él había pensado, como el resto, que mi piel era igual de dura que piedra pulida.

- ¿No quieres tomar tu jugo? –me dijo pocos minutos después. Para él ya había pasado todo.
- No, gracias. –dije, aún acurrucada. Tenía sed de otra cosa.

Me contó su día, sus pequeñas sorpresas y molestias, y lo escuché echada en el sofá. Lo emocionaba un proyecto, y yo me alegraba por él, pero mi alegría era pequeña y moderada. Estaba demasiado lejos. No era mío.

Cuando me dejó en mi casa nos despedimos con un beso y un abrazo que no tenían nada que ver con el abrazo que yo había ido a buscar. Saludé al perro y me senté en el piso mientras le hacía cariño, sintiendo su peluda enormidad negra. Me duché y me eché en mi cama, tapándome con la colcha, abrazando a mi almohada. Escuché la respiración ruda del perro a los pies de la cama, y por primera vez en varios días encontré un poco de paz.

viernes, 6 de marzo de 2015

Autoindulgencia Reflexiva

Estábamos con gente, pero para mí era igual que si estuviéramos solos y en silencio. Yo lo miraba un poco de lejos, a pesar de estar cerca; algo había pasado desde esa noche en la playa, pero no podía identificar qué. No había pasado nada específicamente triste o malo, y sin embargo yo tenía esta expresión de melacólica insatisfacción en el alma.

- ¿Tienes sed? – preguntó.
- Un poco, sí.
- ¿Quieres una chela?
- Hm… quiero una cremolada de fresa, la verdad.

Me miró, consciente de la naturaleza caprichosa de mi deseo.

- No creo que la podamos conseguir aquí. –dijo, mirando para los costados. Pequeña y súbita ansiedad se delató en su tono.
- El Curich está a unas cuadras. –dije. –Ahorita regreso.
- ¿Te acompaño? –dijo, irguiéndose.
- No te preocupes. –dije yo, parándome.
- No te vayas a regresar a tu casa y me dejas plantado aquí.
- No –sonreí, frunciendo un poco el ceño en incredulidad –. Ahorita regreso.

No lo sentía fuerte, y me sentía fuerte yo. No era necesariamente cierto, pero ese tipo de cosas no necesitan ser ciertas. Salí de la reunión y caminé lentamente, mis lentes de sol reflejando el rojo. Esa tarde era verano muriente pero no por eso menos caluroso, y yo estaba en shorts de jean relativamente nuevos, Havaianas y un polo delgado.

Compré dos cremoladas de fresa en el Curich y empecé a tomarme la mía de regreso. Mientras caminaba me pregunté seriamente en qué momento estaba yo en mi vida: ¿qué viaje empezaba, qué camino terminaba? Me comparé silenciosamente con mis recuerdos, epopeyas de pretendidos colosos y viajes a tierras donde vivían los elfos. ¿Servía de algo recordar? Quería regresar al pasado y recuperar lo perdido, pero siendo honesta ni siquiera fue tan bonito en el momento. La verdad es que he vivido mucho de mi vida en silenciosa desesperación.

Me paré en el Malecón y dejé que el olor de mar diluyera mis pensamientos, una mezcla de sal y arena, agua fértil y brisa. Por más que quisiera ya no podía recordar otros olores. Sentí ira y ganas de llorar al mismo tiempo. Estaba en el Malecón con un vasito vacío de cremolada, lamentando haber perdido a quien no me había dado nada.

Regresé al departamento donde era la reunión.

- Te traje una –le dije, acercándole la bolsa–. Me acabé la mía en el camino.
- Gracias.

Me senté a su lado y vi cómo mi presencia lo relajaba.
- Está buenaza –dijo, refrescantemente auténtico.
- Sí, ¿no? –respondí yo; su energía se reflejó en mí y súbitamente sonreí.
- ¿Quieres?
- Ya me acabé una. –le dije, aún sonriendo.
- ¿Quieres? –repitió, y había algo en él tremendamente seductor.
- Sí.

Me abrazó de vuelta, como recluyéndome del grupo que nos rodeaba.
- Me gusta cuando sonríes. –me dijo.
- Me gusta sonreír –respondí –. Voy a hacerlo más.

En eso estoy.

sábado, 14 de febrero de 2015

(Autoindulgencia Valentina)

- A ti siempre te gustaron los cabrinchis. –dijo Oaks.
- No es cabrinchi. –respondí. – Tiene una masculinidad relajada.

Oaks me miró con escepticismo y e hizo el gesto de un besito con estudiada condescendencia, pero después parece que mi descripción caló un poco en él.
- Claro, es más relajado.
- En realidad yo lo siento más verdaderamente masculino.
- ¿Sabes quién tiene también una masculinidad relajada? El Basquetbolista.
- Sí, tienes razón. A mí me encantaba el Basquetbolista. Desde primero creo.
- Eres obvia.
- Siempre he sido obvia. –sonreí. –No me va mal.

El hombre del que estábamos hablando estaba relativamente cerca, tomándose una chela. En sus ojos brillaba una moderada desinhibición, y en su cara guapísima se había relajado el aura de inseguridad que tan a menudo parece controlarlo.

- ¿Es oficial? -preguntó Oaks.
- Somos amigos.
- ¿Estás jugando con fuego?
- No. –dije, y era verdad.
- ¿La disciplina? –preguntó Sean, con una nota de sorna en la voz.
- La disciplina. –respondí yo, haciendo la que no me daba cuenta.
- Si pudieras tirártelo te lo tirarías. –dijo él, intentando bajarme de plano.
- Puedo tirármelo, y no lo hago. Dale crédito a la disciplina.
- Flaca, la última vez que me dijiste eso…
- Broder, la disciplina es un proceso, no es que de un día para otro me vuelvo la persona más disciplinada del mundo. Y no es lo mismo. ¿O sí?
- No sé. Es tu roche. –dijo, mirándome con intención.
- ¿Mi tira y afloja? –solté el anzuelo.
- Exacto. –picó.
- Bueno, el tira y afloja no es divertido si uno solamente tira y el otro solamente afloja.

Lo miré a los ojos y no dije lo que ambos sabíamos, la cuidadosa danza que hemos estado llevando muy advertidamente el uno alrededor del otro, siempre conscientes de la imposibilidad de que alguna vez llegue a consumarse. Oaks se levantó del sillón y yo lo seguí.

Sean es el último de la sucesión de hombres que tienen enamorada y de alguna u otra manera parecen encontrar placer en relacionarse conmigo. Todo el mundo tiene enamorado en esta época y yo soy una excepción cada vez menos inesperada, pero realmente es notorio (divertido a veces, no lo voy a negar): me he convertido en el fuego hacia el cual los bichitos revolotean.

- ¿Qué pasa con Sean? –me preguntó Oaks, ya lejos ambos de él.
- No sé, nada.
- Tiene enamorada.
- Yo sé. No me gusta.
- Mejor. –dijo. No tenía por qué saber.
- ¿Sabes con quién salí el otro día? One. –cambié de tema.
- ¿One, el de tu cumpleaños?
- Bueno, sí, nos hemos visto bastantes veces más que en mi cumpleaños, pero One, sí.
- ¿Y qué tal?
- Interesante. Su enamorada le prohibió volver a verme.
- ¿Qué?
- Te cuento.

La historia va así: One (su nombre hecho onopatomeya) es un amigo/conocido de varios años, con quien los últimos dos años he salido varias veces, siempre en plan de amigos. Hace poco me dijo para ir al cine bajo las estrellas en el parque Reducto, una actividad que ya habíamos hecho un par de veces antes. Como dato adicional importante (indiscreciones aparte) su enamorada me odia.

- ¿Pero sabes por qué te odia? –preguntó Oaks.
- Ni idea. ¿La conoces?
- Claro. Te cuento.

La enamorada de One estudió en la misma universidad que Oaks, Qaleidoscopio y yo, no Medicina sino otra carrera. Aparentemente su tirria hacia mí nace de ahí. Ahora bien, ¿cuán extraño es que Oaks sepa más sobre la enamorada de mi amigo que yo? El mundo es muy pequeño. Igual, lo importante es que a pesar saber que su enamorada se siente así respecto a mí, One me dijo para salir y yo le dije que sí.
La película (¡peliculón!) era “To kill a mockingbird”, penosamente actual a pesar de todos los años que han pasado desde su estreno. Después de la película One y yo nos fuimos a comer un par de tacos siguiendo la tradición de veces anteriores, conversando a un nivel intelectual alto y velocidad rápida, un placentero boleo de ida y vuelta.

¿Qué decir? Era evidente que íbamos a llegar a ese tema específico. ¿Qué hacía él ahí? ¿Qué había hecho en la pizzería el pasado Agosto en la noche, cuando esa misma mañana su enamorada había amanecido en su cama? ¿Prefieres ser bueno o ser preciso? ¿Serle fiel a otro, o a ti mismo? One hizo la brillante observación de que los impulsos no son necesariamente verdaderos pero su especialidad es hacerte creerlo.
- ¿Y qué pasó? –preguntó Oaks.
- Nada.

Obviamente no pasó nada.

La soledad, la verdadera soledad, es como la sed. Puedes aguantarla un rato, pero si no la calmas te olvidas de todo excepto cuánta sed tienes; cuánto tiempo ha pasado desde que alguien te abrazó. Yo he tenido sed por tanto tiempo que en la desesperación hubo veces que preferí beber agua de mar; ya conozco demasiado bien las consecuencias. No sirve callar un grito que esconde un llanto detrás.

-¿Acabó ahí?
- No. Entre las secuelas está que su enamorada le ha prohibido verme.
- Tiene sentido. –dijo Oaks, empático.
- Cierto. Pero yo pierdo un amigo.
- ¿Un amigo o un juguete?
- Un bichito. –sonreí. Miré a mi alrededor; no estaba el que estaba buscando. – En fin. Como le dije a Imago, siento como si hubiera si hubiera hecho algún tipo de intervención terapéutica de pareja.
- Nadie te pidió que intervinieras.
- Eso fue exactamente lo que me respondió él.

Mi cerveza se había acabado, y devolví la botella a la barra. Revisé mi celular, ningún mensaje.

- Otra cosa interesante esa noche es que Óscar me escribió.
- ¿Óscar? ¿Quién era Óscar?, me suena.

El nunca totalmente olvidado Óscar (el mismo de Noviembre 2011 y Septiembre 2013) me escribió en un sorpresivo reproche dándose cuenta de que “ya no éramos amigos” en Facebook. Mi respuesta empezó con un “disculpa, pero tú sabes que yo borro a gente usualmente”
- Sí pues, tú borras gente.
- Me pasó lo mismo con el Chino y me hizo aceptarlo de vuelta, pero ese no es el punto. Su respuesta fue épica.
- A ver.
Saqué mi celular y busqué la conversación.
- “Gente? Me generalizaste MAL. Me comparas con el Chino” - Oaks leyó en la pantallita del celular.
- Chillidos de orgullo audibles. –dije yo.
- ¿Orgullosa?
- Un poquito. –sonreí, pero sólo por un momento. Recordándolo ya no me sentía triunfante sino vacía.
- ¿Y qué fue de Ícaro? ¿No estabas saliendo con él?
- No.
- Estuvo en tu cumple.
- Sí. –dije, desviando la mirada.
El fin metastásicamente tardío del vuelo forzado con Ícaro todavía tiene un leve sabor a derrota. Teóricamente debió haber terminado en Septiembre 2014, pero la disciplina en ese momento todavía era una idea. Cedí otra vez en Diciembre 2014 y en mi cumpleaños, 14 de Enero de 2015.
- Según Ícaro mi comportamiento ese día lo hizo “preocuparse” por mi actitud, que interpretó como una prueba de que “quiero ser su enamorada”.
- ¿Qué…? ¿En serio? Está en drogas el pata.
- No… necesariamente. –todavía me da un poco de vergüenza.
- ¿QUÉ? ¿Querías estar con él?
- ¡No! No, no, no, sino que bueno, quería cariño, y eso a veces puede ser interpretado como querer algo más, pero no, para nada, no quiero ser su enamorada.
- ¿Querías?
- Abril, Mayo 2014.
- ¿En serio?
- Sí… la verdad sí.
- ¿Pero por qué?
- ¿Por qué? Porque estaba sola, porque quiero cariño, porque fue después del STEP 1 y estaba vulnerable, porque no había nadie más, hay muchos por qué. No es una mala persona tampoco.
- No deberías estar con alguien porque quieres cariño y te sientes sola.
- No lo hago. Y aparte ahora estoy con la disciplina. Fue mi culpa, fue totalmente mi culpa, no debí haberle sido infiel a la disciplina.
- Hay alguien que quiere hablar contigo. –dijo Oaks, mirando detrás de mí.
- Oh.

Volteé y ahí estaba. Se me acercó, chela en mano, sonriendo.

- ¿Cómo estás? –preguntó él.
- Bien. ¿Tú?
- También. Tengo calor.
- Hace mucho calor. –Estábamos cerca de la barra, y estaba atiborrado de gente.
- No tienes chela. Te compro una.
- No te preocupes… –dije yo, acercando mi mano a la cartera.
- No jodas. –me dijo, tocándome el antebrazo delicadamente. –Te invito.

Es alto; casi todos los hombres importantes en mi vida lo son. Salimos a la terraza, que estaba más ventilada, pero la presencia del mar era una invitación demasiado tentadora para ser rechazarla.

- ¿Vao a caminar por la orilla? –le dije, chela en mano también.
- Vao.

Yo estaba con sandalias altas, él en zapatos. Salimos del lugar y le dimos la vuelta, bajando las escaleras hacia la orilla. La brisa traía un frío honesto, refrescante en su intensidad. Me puse la botella en la cara y dejé que el viento me secara lo húmedo.
- Qué rico. –dijo él, imitándome.
- Me voy a sacar los zapatos.
- Yo también.

Empezamos a caminar descalzos, cada uno con su par de zapatos en una mano y su chela en la otra. Había silencio por momentos, más mío que suyo. Sentía un poco de miedo, y no sabía por qué.
- Si así estamos ahora no sé cómo vamos a estar después. Nos achicharraremos. –dije, rompiendo mi propio hielo.
- ¿Por qué lo dices?
- Calentamiento global.
- Ah. Sí pues. Estás bien metida en eso, ¿no?
- Sí, pero no puedo hacer mucho. O sea, apago luces, cierro caños, re uso bolsas de plástico cuando las tengo y no las pido cuando voy de compras; hago lo mío pero…
- Eso es bastante, la verdad.
- No sé. A veces me desespero, pienso que es demasiado tarde.
- Probablemente lo sea, pero eso no significa que lo que haces no sea importante.

Seguimos caminando por la orilla hasta que nuestras chelas se acabaron y dimos media vuelta. Botamos las botellas en un providencial tacho de por ahí, y ya estábamos de regreso cuando vi que Sean me buscaba la mirada, una botella en cada una de sus manos.

Curiosamente yo no tenía sed.

jueves, 14 de junio de 2012

La balada del antihéroe y la indecisa

No toda relación entre un hombre y una mujer tiene que pasar por el gusto, aunque sería conchudo negar que Dom me gustó la primera vez que lo vi, así como la segunda y la tercera. A lo que me refiero es que en la época en la que empezamos a ser importantes el uno para el otro yo ya estaba con Leo y él con Mariana, y aparentemente ambos estábamos satisfechos con nuestras relaciones.

Dom es residente de cirugía, y nos conocimos cuando hizo en su rotación de gastro en mi pabellón de medicina interna, el 4I. Marcelo (mi co-interno) y él estudiaron en el mismo colegio y se conocían superficialmente. Últimamente me veo rodeada de ex-alumnos del Milton, que por esas casualidades nada casuales del destino limeño es el mismo colegio donde estudió Alexander.

Era agosto, hacía frío y yo estaba en el asiento de atrás.  Estábamos en camino a la casa de Marcelo, chelas y raje en la agenda. Dom volteó, esa sonrisa entre narcisa y fashion que los hijitos de papá tardan poco en perfeccionar:
- Un toque grande tu polo, ¿no? –dijo, con sorna en la voz.
- Es de Leo. –respondí, con un leve timbre infantil.
- Leo tu no-enamorado.
- Whatever makes you sleep at night, sweetie. –respondí en un tono condescendiente que hizo reír a Marcelo, mirándome a través del espejo retrovisor.
- En realidad tú y Leo son idiotas. ¿Creen que no sabemos? Estaban agarrando con las capuchas puestas fueran del pabellón. –respondió Dom, un poco picado.
- Tienes un gran futuro en la NSA, Dom, no lo desperdicies. –respondí, sonriendo ampliamente.

Lima estaba gris, húmeda y un poco hipocritona en sus grados centígrados, como siempre. Dom abandonó la pulla, tocó un par de veces el vidrio de su ventana con los nudillos y miró a Marcelo, levantando las cejas.
- ¿Tienes chela, no? ¿O vamos al grifo? –dijo.
- Tengo, tengo. Hace un frío de mierda. –respondió Marcelo, frotándose un brazo.
- Hace un frío de Lima. –respondí yo, sonriendo. Acababa de regresar a Lima después de haber pasado diez semanas en Oxapampa y Pozuzo con Qaleidoscopio, lo que me hacía sentir un cariño muy tierno por los defectos de mi ciudad.

Ya en la casa de Marcelo nos instalamos en la salita de los sillones rojos, iPod de Dom en los parlantes, mis pies fuera de mis zapatillas y recogidos a un costado en el sillón. Le mandé un mensaje a Leo avisando que iba a llegar tarde y me dispuse a escuchar todos los chismes que fueran necesarios hasta que la malta con lúpulo hiciera el gentil favor de ponerme en bandeja el único que quería escuchar: la versión de Dom sobre su relación con una chica de mi promoción, Camila.

Me detengo en ese momento para exhortar a todo el que busque una historia trascendental y filosófica en el sentido más tradicional a que deje de leer: no es mi intención hacer una gran crítica social ni una disertación sobre las causas que marcan el sino de nuestra existencia. Me gustaría ser una heroína cuya biografía inspirase grandeza de alma y alguna otra cualidad positiva en quien la lea, pero tengo la decencia de admitir que no lo soy. Me limito a exponer con toda humildad mi historia a quien pueda serle útil o entretenida.

¿Siguen conmigo? Perfecto, continuemos.

La historia iba así: a fines de Mayo Dom gileó con Camila, quien no poco antes había estado en plan de cazar a Leo, mi actual enamorado. Según se decía y se colegía, Camila seguía un poco desorientada por haber terminado recientemente una relación larga. El gileo entre Dom y ella en sí no tenía mucho de raro: residentes e internos emparejándose en una rotación es una de las bases de la vida social hospitalaria. Si quiero ponerme pesada podría argumentar que estéticamente Camila es mucho más proceso que materia prima y Dom es un carilindo, pero el detalle que me interesaba eran las dos versiones del mismo suceso, situación que encontraba parecida a la yo que había vivido hacía relativamente poco con Alexander.

Según Camila el asunto había sido de lo más serio, con intenciones definidas y formalidades presentes: citas propiamente dichas, visitas en la casa de cada uno y hasta la presentación semi-oficial al papá. Según Dom, el asunto había sido “una huevada y por ahí se escapó un beso, pero cuando te pregunten niégalo todo, yo estoy con Mariana, jamás terminé con ella. En todo caso yo no soy ningún héroe, y si una chica se me regala como Camila va a pasar por caja de hecho. Pero si te preguntan tú no sabes nada”, fina cortesía de Marcelo.

¿Por qué me interesaba la (discutible) inocencia contrastada con el genuino espíritu pendejo de un hombre aparentemente nacido para tomar y desechar lo que quiera? La empatía toma las formas más inesperadas, un saludable recordatorio de que todos compartimos una considerable porción de ridiculez humana por mucho que intentemos desligarnos de ella.

- Mira, lo que te pudo haber dicho Camila… –empezó a argumentar Dom, ya por su segunda cerveza.
- Camila no me dijo nada. –respondí, cortándolo. – Yo me enteré por mis amigos, en Wasabi. – lo cual era parcialmente cierto.
- ¿En Wasabi?
- En la mesa del arbolito. –sonreí. Era un dato irrelevante que aun así le daba carácter y autenticidad a mi versión de los hechos.
- ¿Qué sabes? –preguntó, frunciendo el ceño con un poco de sorpresa pero sin llegar a sentirse amenazado.  
- Nada de primera mano. –dije yo, con exactitud y lo que consideré una conveniente dosis de (fingida) humildad.

Estaba a punto de aprender dos lecciones en ese momento, aunque no lo sabía. Me sentía muy digna, con la espalda muy recta y la consciencia aceptablemente limpia. Dom tomó un trago de su cerveza, tiró la cabeza para atrás y me miró directamente a los ojos.
- Yo también sé una historia de segunda mano, de Óscar, de la promo del año pasado.

Si hubiera tenido algún líquido en la boca habría hecho un escándalo, pero mi saliva sola bastó para atorarme.
- Que te lo gileabas abiertamente, el pata tuvo feelings y todo… mientras estabas con otro.

Bajé la mirada involuntariamente y le di un sorbo a mi botella sin ninguna elegancia: el amargo de la espuma era dulce a comparación del trago que Dom me había hecho pasar en dos oraciones. 

Me despedí pronto y en el taxi camino a la casa de Leo pensé en la poco sistemática pero efectivísima forma en la que se propaga la información de la vida mundana. Yo me había enterado del asunto de Camila y Dom a través de conversaciones semi –interesantes una tarde mientras comía sushi con mis amigos; Dom probablemente se había enterado de la historia de Óscar en alguna de las docenas de reuniones entre internos y residentes siempre hambrientos de chismes.

¿Acaso mi historia con Leo no ha sido y sigue siendo la comidilla de turno? Interna con externo, ambos con personalidades muy definidas y fama de raros: somos una pareja improbable por decir lo menos. En caso de que no haya quedado claro a estas alturas, la mayoría de mis amigos y en especial Qaleidoscopio (tengo un dolorcito opresivo en el pecho cada vez que lo menciono) no creen que debería estar con él. Admito que Leo es un gusto adquirido que a veces me desespera, pero nadie me abraza como él, y en el momento en que lo necesitaba no hubo nadie que me diese el cariño que él me dio. Así que sí, no será el más perfecto de los hombres, pero en el día en el que se jugaba el juego él vino (todo de azul y puestos los lentes) y jugó bien.

Leo ya había apagado las luces de su casa cuando llegué. Estaba sin polo, exhibiendo el cuerpo por el que trabaja tanto; sé cuán profunda es su disciplina y lo admiro por ello, aunque he de admitir que a veces su constante búsqueda de admiración me exaspera un poco. Abrió la reja sonriendo, y me abrazó con un brazo. El olor de su barba me embriagó de seguridad.

- ¡Hola! –me saludó, un tono de sorpresa fingida en su voz, como si no hubiera estando esperándome. Me sentí reconfortada: su tono predecible se sentía como un bálsamo.
- Hola. Pof. –dije abrazándolo. “Pof” es una abreviación que significa “te quiero” en su idioma.
- Pof. ¿Me ayudas a cortarme el pelo? Parece colifor. –dijo, ya entrando a la casa.
- Sí claro.

Me saqué las zapatillas en la sala y caminé hacia el pasillo donde está su cuarto, dejando huellitas blancas de talco en el parquet oscuro. Su mamá se había ido de viaje, como de costumbre, y su abuela ya estaba dormida.

Leo se sentó en la silla de su escritorio, extendiéndome un par de tijeras. Dejé mi mochila a un lado mientras escuchaba las instrucciones que tenía respecto a su pelo.  
- ¿Qué tal con Marcelo? –preguntó mientras se examinaba en dos espejos. Sonreí agradecida: usualmente Leo no extiende su interés más allá de él mismo o lo que le atañe directamente. – Pensé que te ibas a demorar más. ¿Estuvieron con Dominic?
- Sí, sí.
- ¿Y de qué hablaron? –dijo, aún mirándose en el espejo.

Sentí una discretísima forma de presentación de celos de su parte, y por algún motivo me hizo sentir peculiarmente halagada.
- De Camila. –respondí, mirando atentamente al reflejo de sus ojos. Se sobresaltó un poquito en los trapecios y los deltoides, aunque lo disimuló muy bien. – Dom y Camila. Sabías, ¿no?
- Maso. Creo que todo el mundo sabía en esa época.

Expresó cierto disgusto en las comisuras de los labios y desvió los ojos del espejo. No le gusta que le recuerde a Camila y a veces la critica espontáneamente, una muestra poco sofisticada pero agradable de lealtad hacia mí.
- Yo me enteré el mes pasado. –dije.
- Las mentes pequeñas discuten otras personas. Las mentes grandes discuten ideas. –dijo él, pretendiendo zanjar el tema filosóficamente. Sonreí, me acerqué a darle un beso y cogí las tijeras del escritorio.

Le corté el pelo mientras él me dirigía desde los espejos. Olía a recién bañado y el pelo le caía por la espalda, pegándose a su cuerpo. Cuando terminamos intenté sacar la mayor parte con una escobilla y fuimos a lavarnos los dientes para dormir.

El ritual que tenemos es uno de los más bonitos que yo alguna vez haya tenido, y definitivamente el que más ternura me despierta. Nos lavamos los dientes en el baño mientras él me da pataditas en las nalgas, repitiendo “monga” con el tono del niño pequeño que es en su alma. Me saco los lentes de contacto y dejamos la ropa doblada al costado de la cama, él haciendo poses de fisioculturista amateur tan graciosamente que no puedo evitar sonreír. Se echa en el lado derecho de la cama, aprisionando la manta debajo de su hombro, y yo me hecho en el espacio que queda, abrazados.
- Abrazo, apierna. –dice, y entrecruzamos las piernas antes de darnos un beso.

Dormir con Leo me tranquiliza; echados en su cama, la luz del poste por la ventana y acurrucada bajo su barba el resto del mundo guarda silencio y sólo existimos los dos. Por muy difíciles que sean los problemas que me esperan fuera de esa cama, mientras estoy ahí no pueden molestarme.

Nos despertamos con el sonido de buque que es su despertador. Desayunamos leche con polvo de proteínas sabor a vainilla, él en su taza azul y yo en la taza de panda que siempre me da cuando desayuno en su casa. Esquivamos exitosamente a su abuela, que insiste en llamarme “la chiquita” a pesar de que soy tres meses mayor que Leo y estoy un año más adelantada en la universidad. Caminamos de la mano hacia el Metropolitano, él agarrándose a los pasamanos y yo a su cuerpo, mi cabeza en su pecho, su corazón latiendo como un metrónomo lento y preciso. Nos bajamos, aún de la mano, caminando en la mañana del hospital que guarda tantos secretos. Eran las seis y cincuenta esa mañana cuando nos despedimos en la puerta del 4I.

Pasé a través de mi fila de pacientes, saludando con cortesía a la mamá de Marujita, mi paciente crónica. Entré al cuartito, que es donde pasamos la mayoría del tiempo que no estamos con los pacientes.

- Buenos días. –escuché detrás mío. Dom, con una sonrisa en la voz.
- Buenos días. –respondí, sin muchas ganas de hacerle caso. Abrí mi casillero y me acordé súbitamente de Alexander. ¿Cuál habría sido su casillero? ¿De repente ése?
- Ayer me pasé de la raya. –escuché. Su tono era neutro, descriptivo.
- Sí. –concordé, con la misma neutralidad.
- Te pido disculpas. Traje una ofrenda de paz.

Volteé a mirarlo y había dos cafés en la mesita donde hacemos las evoluciones.
- ¿Tregua? –preguntó.
Cogí uno de los cafés sin decir nada pero sin poder reprimir del todo una sonrisa.

A partir de ese día la relación entre Dom y yo se hizo más fluida, tal vez porque ambos habíamos destilado el veneno que teníamos guardado para el otro y en el proceso ganamos respeto mutuo. No digo que haya sido un intercambio particularmente maduro o adulto, pero cuando su rotación en el pabellón terminó seguimos reuniéndonos para almorzar.

A inicios de Setiembre Dom organizó una de las legendarias reuniones en su casa, una parrillada ecléctica en la que internos y residentes se reunían en pretendida armonía para conversar de lo mismo que conversan todos los días. Leo y yo ya estábamos haciendo macerados y nos aparecimos con uno de coca, yo en tacos, leggins de cuero y una chompa blanca holgada.

Si bien yo ya sabía que Dom estaba en el mismo Olimpo económico de Marcelo, me imaginaba que su casa sería más el templo de un dios secundario, no un Pérgamo en todo derecho. Cuando llegamos fuimos escoltados hacia el jardín, donde una parrilla perfecta estaba siendo manejada por un cocinero. Una barra blanca de empresa de catering era atendida por un par de barmen y el jardín estaba amoblado con asientos de cuero blanco. Saludamos a Dom y le dimos el macerado, que Dom agradeció con entusiasmo, pero no pude evitar sentirme como Felipito cuando le regaló una flor a Mafalda y dijo haberse sentido como si le hubiera regalado un terrón de azúcar a Fidel Castro.

Leo y yo estábamos en territorio ajeno, perfecto para abrazos que iban a pasar sin miraditas y besos que no iban a suscitar preguntas estúpidas. La música fue subiendo de volumen y el jardín se fue llenando de personajes conocidos y desconocidos. Leo se fue a conversar con otras personas mientras yo hablaba con ex residentes míos y otros internos. Se me acabó el primer chilcano de la noche y dejé el grupo en el que estaba para acercarme a la barra, mirando a mi alrededor.

Estar constantemente en el hospital, que es básicamente el objetivo del internado, te pone en contacto con algunas realidades y te aísla de otras. La realidad de la fragilidad humana es mi compañera de todos los días, la realidad de la escasez de recursos, el sufrimiento, la pobreza, lo poco que parece importarle la salud de la población peruana a los políticos que nos gobiernan, la realidad de que los que fungen de jefes no necesariamente saben más que tú: todas esas realidades son el universo en el que me muevo y en el que me siento cómoda, especialmente cuando se trata de Medicina Interna.

Pero esa noche caminé los ¿quince metros? ¿veinte? que me separaban a la barra de chilcanos y me choqué con una realidad con la que la vasta mayoría de peruanos no se chocan: Lima linda. Lima linda, que es como le digo yo, es la Lima que viaja al extranjero todos los años, veranea en Asia y come sushi para celebrar; la Lima para la que pagar lo que mis pacientes no pueden por una tomografía de emergencia es un precio más que aceptable por un par de zapatos.

Esa realidad estaba cristalizada en un grupo de chicas extremadamente bien arregladas que conversaban mirando intermitentemente sus celulares, sentadas con las piernas cruzadas y el pelo largo con reflejos rubios cayéndole sobre los hombros. Era imposible no notar la congruencia de su estética y su fonética, las Daisy Buchanan limeñas con voces llenas de dinero, el acento inconfundible de la clase alta limeña. Ellas son las bonitas que no necesariamente son bonitas pero se hacen bonitas en el racismo peruano que la identifica como blancas; ellas son las que están a la moda y bien maquilladas porque sus mamás, que han conseguido mucho de lo que tienen por haber estado a la moda y bien maquilladas, las acompañaban a comprarse zapatos elegantísimos mientras todavía estaban con uniforme de colegio. Ellas son las enamoradas, las futuras esposas. Ellas son lo que yo no.

Bajé la cabeza involuntariamente y de la nada recordé el rayadísimo Salmo 23: “y aunque camine en el valle de la muerte, no temeré”, acompañado a la foto de un pollo caminando frente a algún KFC. Sonreí la primera vez por la ironía de utilizar un texto sagrado para una ocasión tan profana, y la segunda porque al sonreír en ironía había contrarrestado lo muy intimidada que me sentía, así que se podría decir que me ayudó. Últimamente he estado flirteando un poco con el catolicismo en el que fui criada gracias a la enternecedora influencia de Leo.

- Nunca me dijiste por qué te interesaba la historia de Camila. –escuché detrás mío, mis manos apoyadas en la barra. Dom modula la voz en una forma innata, prodigiosa en seducir sin esfuerzo para luego dejar sin remordimiento.
- Empatizo con ella. –respondí en fingida compostura, sorprendiéndome al pensar que el probable futuro esposo de las chicas lindas limeñas se sentía mucho menos intimidante que ellas.
- Por favor. La desprecias. –se puso a mi costado, apoyando su espalda contra la barra. Bajé la cabeza, negando ligeramente.
- Empatizo con ella. –repetí. –Sé qué se siente ser el daño colateral de un pendejo.

Frunció el ceño y me dio una mirada escéptica.
- ¿Tú?
- La historia que crees conocer la conoces a medias. –respondí mirándolo a los ojos.  
- Ilumíname.
- Tú primero.
- No hay mucho que decir. No me gusta, nunca me gustó en serio, pero tampoco iba a desperdiciar la oportunidad.
- No eres ningún héroe.
- Exacto. –sonrió, aunque creí entrever una gota de vergüenza en su semblante. Soslayó su expresión con un sorbo de su nuevo chilcano y siguió mirándome, expectante.
- ¿Habría sido sólo una vez, o más? –pregunté. El barman dejó mi chilcano en una servilletita frente a mí.
- No sé. Fácil. –miró al costado y levantó la mano en un saludo inespecífico.
- ¿Un año, tal vez? –continué, en voz más alta, y volteó a mirarme de nuevo.
- ¿Un año? Ni cagando. Yo nunca terminé con Mariana.
- Yo nunca estuve con Alexander. –dije, y le di un sorbo a mi chilcano. Nos miramos fijamente. –De tu cole, Medicina Cayetano.

Demoró unos segundos en atar cabos y la sorpresa se dibujó en su cara.
- ¿Alexander DeLarge?
- Un año. Óscar fue mi intento de darle celos. No funcionó. No me quería.

Le di otro sorbo a mi trago y miré rápidamente a mí alrededor. Leo conversaba con Marcelo no muy lejos de ahí.
- Bueno, ya tenemos nuestros tragos. –dije, forzando una sonrisa.
Me escabullí rápidamente y al llegar a Leo lo abracé, escondiendo mi nariz en su brazo. Me abrazó de vuelta, inconsciente de mi agitación. La dulzura de su fuerza me acogía, librándome de enfrentarme a lo incómodo.

Poco después las personas empezaron a bailar y yo comencé a mover los hombros en Glasgow, de David Guetta. Sentía las ganas de bailar que están entre las hijas naturales de la música y alcohol (de todas las hermanas una de las menos peligrosas), pero también sentía cierta nostalgia por las épocas en las que no tenía enamorado o en todo caso a alguien que fungiera de uno. Recordé las fiestas con Josema que invariablemente comenzaban en San Isidro y terminaban en Miraflores, en las que siempre conocía a un pata que terminaba de personaje de cuento en mi blog.

- Oye, ¿Dom no tiene flaca? –me preguntó Leo, regresándome a la realidad.
- Claro. Mariana. –respondí sorprendida, tal vez un poco avergonzada.
- Bacano.
- ¿Por? –pregunté. Sus ojos apuntaron a una mesita de tragos, en una esquina poco iluminada del jardín.
- Mira.
- La puta madre.

Hice el ademán de levantarme pero el brazo de Leo se me puso de baranda, tocándome ligeramente el muslo que él tenía más lejano.
- No es tu roche.
Sus ojos enormes me miraron, casi una advertencia. El silencio hacía eco, como subrayando una sugerencia que mi docilidad escuchó como orden.
- True.

Ni Dom ni yo hicimos alusión al asunto en la extendida recapitulación de la fiesta en el hospital, a pesar de desmenuzar concienzudamente sus pormenores. El siguiente miércoles en la noche yo ya había sacado a Rex a pasear y estaba echada en mi cama viendo tele, la mayor parte de mi pizza casera en el refrigerador. Mi mamá todavía no regresaba de su guardia, eran casi las nueve de la noche y mi celular sonó. Dom.
- ¿Aló? –contesté.
- Hola ¿Estás en tu casa? –preguntó. Su tono era animado, tenía una sonrisa en la voz.
- Sí. –respondí, con la misma sonrisa en los labios.
- Toy cerca. ¿Te caigo?
- Cáeme.

Me levanté de la cama preocupada por el estado calamitoso de mi buzo y mi cara lavada. Me puse rímel, ropa y una casaca encima, y no pasaron más de tres minutos entre la tela en mi espalda y el sonido del timbre en mis oídos. Estaba a punto de abrir la puerta de la sala cuando escuché la llave de mi mamá en la reja.
- Buenas noches, señora. –escuché, la puerta entreabierta. –Soy Dominic, un amigo de Gabriela. Espero no molestar.
Abrí la puerta del todo.
- Hola mami. –dije, con la mejor de mis sonrisas.
- Hola, hijita. ¡Pasa, pasa! –le dijo con reconfortante confianza a Dominic, que bajó la cabeza en un gesto muy cortés. – ¿Ya sacaste a Rex? –continuó, mirándome.
- Sí, hice pizza también, ¿quieres?
- No, no, coman ustedes nomás.

Mi mamá entró a la sala con su paso corto, abarcándonos en una mirada amable pero perspicaz, muy parecida a la que me dio cuando se enteró de Óscar en la época de Alexander.

Dom entró a la sala con un porte majestuoso: estaba en zapatillas, jeans, un polo verde agua y una casaca ploma, pero había algo muy elegante en la forma en la que se llevaba.
- ¿Qué hacías por aquí?
- Vine a visitar a Guti, ¿pizza? –preguntó con los ojos muy abiertos y las cejas levantadas, rompiendo el hechizo.
- Pizza. –respondí, asintiendo con la cabeza.

Entramos a la cocina, Dom mirándolo todo con curiosidad. Abrí la refrigeradora, él la congeladora gemela y jaló algunos cajones, husmeando. Como si me leyera la mente cerró la puerta, sobresaltado.
- No te molesta que mire, ¿no?
- No. –sonreí. La rigurosa (obsesiva) organización en la que mi mamá mantiene mi casa es digna de ser vista.
- Estaba escuchando a Sinatra en el carro. –dijo, sentándose en una silla. –No sé por qué me hizo pensar en ti.
- ¿Qué canción? –metí tres pedazos de pizza en el hornito.
- My way. Una pregunta, ¿quién es el pata que siempre aparece en tus fotos de portada?
- ¿Has estado stalkeando mi Facebook?
- ¿Qué, pensabas que era un deporte exclusivamente Cayetanense?
Nos reímos en complicidad, mirándonos a los ojos.
- Qaleidoscopio. –respondí.
- Qaleidoscopio. –repitió.
- No estamos en un buen momento ahorita. –el hornito hizo “clin” y me puse un par de manoplas para sacar la pizza. – En realidad no nos hemos hablado desde que regresamos de Pozuzo.

Guardamos silencio, el ruido de mi colocar los pedazos en los platos protagónico y deliberadamente alto.
- ¿Y qué tal Pozuzo, vas a hacer tu SERUMS ahí? –dijo respetuosamente después de un tiempo prudencial. Me encantó que a pesar de ser usualmente tan incisivo hubiese entendido que el tema Qaleidoscopio era demasiado serio para bromear sobre él.
- No voy a hacer SERUMS. –dije, forzando una sonrisa. Ése tampoco es un tema fácil para mí. –La verdad no sé qué voy a hacer después de la universidad. Se supone que me voy a ir a USA; es la única forma de hacer especialidad y no hacer SERUMS.
- No es la única forma, pero te entiendo, el SERUMS es una mierda. Aunque si te vas con alguien es tolerable. Guti y yo, por ejemplo… –levantó la mirada y entendió en ese instante que mi versión de Guti no estaba disponible y él estaba metiendo el dedo en la llaga inadvertidamente. –La pizza está increíble, ¿en serio la hiciste tú?
- ¡Sí!, Marcelo me pasó la receta. –dije, cerrando el tema con entusiasmo.

Qaleidoscopio, Pozuzo, SERUMS, Leo. Durante el último año y medio se me ha acusado de insensible y debo admitir que lo he sido. Mi insensibilidad, a veces rayana en crueldad, es la razón principal por la que no he hablado con Qaleidoscopio desde que regresamos de Pozuzo.
Podría decir que Pozuzo tiene la culpa de que haya decidido no hacer SERUMS. Haber salido de madrugada con un papel higiénico en la mano y una almohada en la cara para silenciar mi llanto a gritos definitivamente no le da puntos a favor, pero tengo que admitir que la culpa no es de Pozuzo, mucho menos de Qaleidoscopio. Lo que pasó es que en Pozuzo las mentiras que me había estado diciendo a mí misma para mantener a raya el dolor dejaron de funcionar.
Quiero dejar algo en claro: yo quiero a Leo. Cuando estoy con él y me abraza, cuando me escondo debajo de su barba, cuando dormimos juntos en su cama, en ése momento no hay ayer ni hay mañana, y yo lo quiero, lo quiero muchísimo. Pero la razón por la que salí llorando esa madrugada es que me di cuenta de que por mucho que lo quiera, por mucho que lo quiera querer, mi piel sigue llena de cicatrices con forma de dedos. Y esos dedos son los de Alexander.
He sido y sigo siendo insensible con el resto porque yo misma siento que estoy sangrando, estoy llorando amoratada en el piso frío y no puedo decírselo a nadie porque quiero a un hombre al que no le importo. Además, ¿cómo puedo pedir compasión sabiendo que yo soy traidora? Estoy con Leo aunque sé que lo dejaría en el instante que Alexander viniese.
Como dije antes, me gustaría ser una heroína que inspirase coraje, me gustaría haber remontado el más doloroso rechazo de mi vida con sabiduría y fortaleza, me gustaría no haber herido a mi mejor amigo y no haberme metido a una relación con un chico muy brillante pero con el que soy obviamente incompatible.
Dom y yo terminamos lo que quedaba de pizza y lavamos los platos. Fuimos a la sala y él conectó su iPod al equipo. Hacía frío de Lima de nuevo y estiró su brazo, mirándome en una invitación a que me apoyara en su hombro. Lo hice y me tocó el pelo, acariciándome la cabeza un poquito.

- When you try your best, but you don’t succeed… –empezó a cantar Dom, volteando a mirarme. –When you get what you want, but not what you need…
Sonreí con pena. Esa canción me hace acordar a Alexander.
- When you feel so tired that you can’t sleep… ¿Quieres bailar?

Dom me ofreció su mano, sonriendo. La cogí y nos paramos el uno frente al otro en la alfombra, y él levantó la mano que le había tomado hasta ponerla detrás de su cuello.

- And the tears come streaming down your face, when you lose something you can’t replace. When you love someone but it goes to waste… –canturreó, bajando su cabeza hasta mi oreja. – Lights will guide you home, and ignite your bones, and I will try to fix you.

Fue el momento, el frío, su olor. Fue el sonido de su voz susurrándome, como si fuese un trovador cantando a propósito la historia que yo había vivido, un Hamlet recreando en escena lo que había sido real. Fue el silencio en la canción, fue que no había podido decírselo a nadie, fue que lo que siempre callaba llenaba mi cabeza casi todo el tiempo. Volteé la cabeza y acerqué mis labios a sus oídos.

- Alexander se va a ir a USA. Y también hizo su rotación de Medicina Interna en el 4I. –susurré.

Me abrazó, cogiendo mi cabeza con una mano y apretándola contra su pecho, mis lágrimas luchando encarnizadamente para derramarse en ríos, mi cara a punto de romperse en un sollozo.

- Yo tampoco sé qué carajo hago con Mariana. –susurró de vuelta.


Inspiré profundamente, balanceando mi cuerpo junto al suyo. Seguimos abrazados por un largo rato después de que se acabó la canción.