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viernes, 21 de septiembre de 2018

El último estrecho

Esta es la última resaca antes de llegar a la otra orilla. Estás cerca, sientes el agua moverse, el piso temblar, las olas estrellarse contra los peñascos que te esperan antes de la orilla.

Tienes miedo, temes morir en el último estrecho, que se te queme el pan en la puerta del horno. Quieres llorar, quieres gritar, quieres pedirle a alguien, quien sea, que te ayude, que te guíe, que te cargue y te proteja, pero no hay otra salida.

Hace tres años empezaste a nadar y ya sólo te faltan unos días.

Pero tu ángel te dijo que va a suceder.

Confía.

Sigue nadando.

Ya falta poco.

Todo va a estar bien.

lunes, 29 de agosto de 2016

Ni Bárbaros ni Atilas

- "Gabriela no se quiere, ¿no?"
Ouch. Mierda.

Mierda. Doblo mi ropa, voy a la lavandería, regreso a mi cuarto, limpio mi mat, lavo los trastos, pongo al día mi diario, tomo té, veo el capítulo de mi serie favorita actual, escribo mails de felicitaciones de cumpleaños, me actualizo académicamente, ouch, mierda, ouch, tantos años después, ouch. Mierda.

"Son pocos, pero son". Declamo en voz baja poesía para calmarme. "Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte." Sí, bastante cierto. "Serán tal vez los bárbaros atilas o los heraldos negros que nos manda la muerte."

Quisiera que lo fueran. Quisiera que fueran en realidad bárbaros en caballos negros galopando, formidables semidioses que tenían poder intrínseco, no la sarta de imbéciles que me negaron, me fueron infieles, me dieron por sentado y hablaron mal de mí tomando todo lo que podían mientras yo languidecía por ellos. Me duele la que fui. Me duele la que soy. Me duele el cuello.

¿De qué me quejo, carajo? Estoy sana, tengo una carrera, mi familia me quiere y está bien, tengo un techo sobre mi cabeza, comida en mi cuarto, tengo lo que muchos no tienen y todavía me quejo. Sólo tengo que salir a la calle para tomar un poco de perspectiva y volver a ponerme en orden, pero estoy un poco harta del grito de "¡Firmes!" para cuando flaqueo. Firmes tu abuela, yo quiero un abrazo.

Lena fue la que lo dijo. El comentario había sido dicho en las épocas del 2011 y 2012, cuando Alexander y Leo eran parte de mi vida, no de mis recuerdos. La vergüenza que siento al recordarlos es profunda, medular, siento que el núcleo de mis leucocitos dice "shame, shame" como una septa en mi caminata de la vergüenza. ¿Cómo dejé que me trataran como me trataron? ¿Cómo no los mandé a la mierda en tres segundos? "Gabriela no se quiere, ¿no?" Qué vergüenza.


lunes, 25 de abril de 2016

Goodbye

“Wake up.” his baritone broke. “Merry Christmas.”

I didn’t need to open my eyes to know who he was.
“What are you doing here? Where’s my heart?” I asked, my eyes still closed.
“Beating in your chest.” He chuckled. “That was a nice move, you know.”
“Thank you.”
“Open your eyes. I need to talk to you.”

I was laying on my bed, cocooned between the sheets. I opened my eyes and saw him sitting on the border, his golden locks dripping wet as he always is.

“Lovely crown.” He said, pointing at my head.
“Thank you. It was a bit painful to get, but…”
“You can do pain.” He smiled.

I laid my head again on the pillow, smiling.
“Not that I don’t like your visit, but it’s usually me the one who looks for you.”
“I know.” He reached out his hand to my forehead and stroked my cheek.

He had never touched me before. I felt the sudden urge to cry.

“Am I going to die?” I asked.
“No. You’re far from it.”
“Then why are you here?”

He looked at me with his big sea eyes, the long dark blonde lashes wet and clumped together.

“You never stopped smiling.” He said. His face gleamed with a warm, pure smile, so pure it couldn’t be human. I closed my eyes as I crawled next to his legs, holding him. He held me back and I started crying quietly, the tears on my face as bright as him, shining into the dark early morning. He ran his fingers through my hair and I calmed down with the smell of his skin, fresh sea breeze.

“I miss it sometimes.” I said, deeply inhaling. “I know it’s not my place anymore, but I miss it sometimes.”
“Of course. But you’ll go back to it soon enough, and you’ll live near it.”
“How do you know?”
“That’s why I came here today.” He smiled, and I knew what he meant.
"Did she answer my prayers?” I asked.
“You answered them yourself.”
“But… you don’t know the future.”
“I know this.”

A faint smile started to form in my lips, slowly growing bigger as the faith within me grew stronger.
“Is this goodbye?” I asked, a tinge of pain amidst the happiness.
“Better will come.” He said. “Much, much better. Now close your eyes.”

I looked at him and I whispered a final “thank you”. I closed my eyes and fell asleep again, knowing it had all been a dream but at the same time it had all been real.

“Better will come”, I repeated. “Much, much better.”

domingo, 3 de enero de 2016

Miedo

Tengo miedo porque estoy viva.

Desde que colgué el teléfono el 31 de diciembre del año pasado hasta ahorita he tocado un solo de inseguridad y he decidido no adormecerlo con ningún método. He estado consciente y alerta, atenta a mis sentimientos, recogiendo mis riendas para no irme cabalgando hacia algún lado lejano, huyendo de mi realidad.

Tengo miedo y he decidido sentirlo porque la razón por la que lo siento es que me importa muchísimo.

Es difícil entregarse de esa manera a la vulnerabilidad, pero es necesario. Por lo menos para mí lo es. Estoy respirando profundamente mientras pasan los minutos y las horas hasta que tenga una respuesta concreta, una respuesta en la que pueda confiar aunque sepa que siempre se pueden quemar los panes en la puerta del horno. Tengo miedo y sin embargo estoy aquí, esperando; tengo miedo porque me atreví a pedir lo que quería.

Y prefiero con mucho tenerle miedo a un "no" que no tener la esperanza de un "sí".

martes, 10 de noviembre de 2015

Maldita Moneda

Ayer tomé una siesta en la tarde y tuve una pesadilla. Soñé que estaba tirando una moneda al aire, haciéndole preguntas. ¿Me voy a casar? ¿Voy a ser feliz? Cruz, cruz. ¿Voy a quedarme sola? Cara.

Me desperté llorando; había una moneda de 5 soles en mi velador. Abracé mi almohada deseando que fuera alguien y miré a la moneda como se mira a un enemigo. Tenía tanto amor en mi pecho y mi almohada era lo único a lo que podía dárselo.

Cerré los ojos intentando imaginar; canté una canción y confesé cariño, respondí preguntas hipotéticas. Me sumergí en mis ensoñaciones rechazando al mundo real.

Me acaricié la cara deseando que fuera otra mano y no la mía. Masajeé mi rodilla deseando con toda el alma que lejos otra piel la pudiera sentir; me apoyé en la almohada de nuevo y la humedecí de mis lágrimas.

Quise decirle que era mi luz del sol. Que la noche larga había terminado y que él había amanecido en mi cama. Pero estaba sola en mi cuarto de Pomabamba, y una maldita moneda me había dicho que no iba a ser feliz.

martes, 20 de octubre de 2015

Orpheus's Secret (Let me walk with you through Hades)

At Hades gates I held your hand.
It was dark, and the ground shook underneath your feet.
You looked at me, a single glance, and I smiled back.

I took the first step, your hand still tight on my grip.
The walls started to shift, old rocks crackling like broken glass, 
old songs that sung of men turned into sand.
“Why do you smile?” you asked. I lowered my gaze.
“That’s my song they’re singing.” I answered. “That’s Orpheus’s song.”

The voices rose as we walked deeper into them, and as my hand was holding yours I stroked the walls that greeted me back.
“Orpheus’s secret”, the rocks hissed to your ears, the light of flames bursting through their scars.

“You don’t need to be here.” You said. “You’ve already been here, this is not your fight.”
“I want to be here with you.” I replied. I still held your hand, but you grew darker in fear.
“I don’t need you. I’m fine on my own.”
You let go of my hand, and my heart broke.
My tears shone bright in the darkness, bringing light to the path.
“Why?” I looked at you, full of light. “Why won’t you let me love you?”
“Orpheus’s secret”, the rocks hissed again.

Orpheus’s secret is that he lived afterwards. Orpheus's secret is that he now writes even more beautiful songs. Orpheus’s secret is my secret.

You now walk alone and I can’t see your path, because you’re far away. You will fall, you will ache, and you will want to cry. Won’t you let me give you a hand? Wouldn't you let me tend to your wounds? Wipe your tears? 

Let me walk with you.

Let me love you.

domingo, 4 de octubre de 2015

Worth

I reached deep down into my chest with my right hand. My heart was still beating, and I was still angry; no, angry doesn’t quite describe it. Resented, maybe? It wasn’t shame either.

He looked me as I took my heart out of my chest; we were both standing, facing each other. There was no kindness in his eyes, but in them I could see the reflection of mine. I wasn’t asking, nor protesting, I was just staring at the unfairness of the whole deal.

We didn’t need to lay out the terms; we both knew them full well. I still held my heart in my fist, forearm paralleled to my chest, tense shoulders. All I could think was how unfair it seemed to me to pay such a price for a single hope; I suddenly realized I had nothing to lose by saying it, and I had just opened my mouth when he cut the silence with his low baritone.

- C’mon, it’s not your first time.

Anger, real anger lit up in my heart, burning my skin. It didn’t hurt, not at all: in fact it felt good. I looked up, a smirk on my mouth, and I lifted my chin just a little.

- Don’t mock me. –I said, a friendly warning.
- I wasn’t.

I felt the warmth of a smile relaxing my face, my shoulders loosening, my grip less tight. Yes, I was still holding my heart, but it wasn’t like I was about to die or anything.

- You’re right, it’s not my first time. Pain has made me cautious.
- It usually does. And yet here you are.

I smiled again, self-amused. Proud of myself.

- And yet here I am.

My elbow started to drift away from my body, pointing at him, preparing itself to lever my forearm. I looked into his eyes and he looked into mine, a single moment of good will, an indistinguishable nod of approval. My heart described a curve that ended on my fully extended arm, fist still closed.

I opened my hand, palm turned upwards. He looked at it and grinned instantly in realization. I chuckled, brazen.

- I got to keep my ejection fraction. –I said. –I have a lot of swimming to do, still.

He covered my palm with his, nodded, and we exchanged one last look before I went back to swimming and he back to whatever it is that he does.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Rendición, segunda parte

Me arrodillé de nuevo; habían pasado tres semanas desde que la esperanza había vuelto a mi corazón. Estaba dando gracias, y lloraba de miedo. Tenía las manos entrelazadas en la fe más profunda, pidiéndole a un Dios en el que me es difícil creer que por favor me ayudara. Cerré los ojos y escuché en el silencio una canción.

- Lo quiero. -dije. 

El Universo, conmovido, respondió. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

El Mar

- ¿Por qué lloras? – preguntó el Mar. Yo estaba echada encima, flotando, y había dejado de llover hacía una semana.
- No estoy llorando. –dije. No sé si era mentira o simplemente no me había dado cuenta.
- Ese no soy yo en tus mejillas. –respondió.

Cerré los ojos con fuerza y me hundí. Quise bucear con fuerza, sumergirme hasta donde no llegara la luz del sol, pero las olas me lo impedían, como jugando. “¿Qué quieres allá abajo?”, me decían, riéndose. “Sólo está el Hades, y ya lo conoces.” Movía mis brazos y mis piernas, intentando darles una fuerza que no tienen. “¡Ya deja de bucear, niña!” me dijo una, y en un solo movimiento me hizo saltar fuera del agua. El Mar me miró, divertido. A mí no me daba risa.

- ¿Por qué quieres hacer algo que sabes que no quieres hacer? –dijo el Mar. Las olas habían empezado a cantar una canción a lo lejos, y a él parecía agradarle.
- ¿De qué hablas?
- Tú no quieres bucear.
- ¿Y tú qué sabes?
- ¿Yo que sé?

El Mar me volteó, arrastrándome en una ola, sin dejarme ir. Tomé aire profundamente e intenté mantener los ojos abiertos, pero en segundos ya no supe dónde era arriba o abajo, dónde estaba el aire y dónde estaba el piso. Tanto tiempo me había enseñado como terminar con la revolcada: me rendí y casi instantáneamente regresé a la superficie.

- ¿Más tranquila? –preguntó.
- Sí. –respondí. Adolorida, también, pero no iba a decirlo.
- Ahora bien, ¿vas a decirme lo que quieres?
- Tú sabes.
- Dilo.
- Me da miedo.
- ¿Por qué?
- Porque… me da miedo… me da miedo que si lo digo no se va a hacer realidad.
- Susúrramelo, entonces.

Lo susurré.

- Cumpliste tu promesa. –le dije. –Cuando me dijiste que iban a haber otros a quienes iba a abrazar.
- Sólo la cumplí porque confiaste en mí. –dijo. Me miró con tierna sorpresa, y un par de lágrimas se asomaron por mis ojos. –Quiero que vuelvas a confiar en mí. Pero esta vez va a ser más difícil.
- Puedo hacerlo.
- Yo sé que puedes. Pero no así como estás: tienes que entrenarte, tienes que ser más fuerte, porque esta vez yo no te voy a llevar flotando. ¿Lo quieres?
- Sí.
- Entonces nada.

Me quedé quieta por un momento.

- ¿Hasta allá? –pregunté.
- ¡Nada!
- ¿Y si me ahogo?
- Nadarás.
- ¿Y si me pierdo?
- Nadarás de vuelta.
- ¡Es muy lejos! ¡Es estúpido, es peligroso, ¿cómo se te ocurre que voy a llegar hasta allá nadando?!
- ¡Nada! ¡Deja de preguntar estupideces y ponte a nadar! ¡NADA!

Lo miré con los ojos más abiertos que nunca, las dudas y los miedos acumulándose detrás de mi garganta pero lo único que hice…

… lo único que pude hacer…

… fue dar esa primera brazada y empezar a nadar.

jueves, 30 de julio de 2015

La Moral de los Hombres Pendejos (Sexo: Femenino, parte III)

Es difícil ser mala y mujer. O sea, los hombres malos entran a la historia como tiranos temidos y poderosos, los necesarios villanos en una narrativa que glorifica héroes. Llegar a ser una mujer mala por derecho propio no es sólo raro, sino difícil: primero tenemos que pasar el obstáculo de ser llamadas perras.

Perra, puta y variaciones (qué incendiaria manera de empezar un párrafo) es el longevo y aún vigente bastión sobre el cual las mujeres son insultadas. Despiadada, mentirosa, ladrona o asesina no se acercan siquiera tanto en frecuencia como en potencial de daño. El único otro insulto que más o menos se compara es decir que una mujer es una mala madre; como acotación interesante, “asesina” toma una connotación impresionantemente negativa cuando se adjunta a la palabra “bebé”.

El resultado es simple: lo peor que una mujer puede ser es puta y mala madre, con puntos extra si es que se ha practicado alguna vez un aborto. Ahora volteemos el plato un momento: ¿lo peor que puede ser un hombre es puto, mal padre, cómplice o instigador de un aborto? No, ¿no? Es muy diferente.

La moral de los hombres pendejos suena a un oxímoron, pero un amigo (que ahora está comprometido para casarse) una vez me lo explicó así: si tienes una llave que abre muchos cerrojos, esa llave es excelente, ¿no? Pero si tienes un cerrojo que muchas llaves pueden abrir, no es un buen cerrojo. Es lo mismo con las mujeres: si hay un hombre que puede acostarse con varias, es un maestro; si le damos la vuelta, digamos que la mujer no es llamada maestra.

Realidades sociales, económicas y hasta biológicas existen para excusar este razonamiento, y el momentum social ha cambiado lo suficiente como para permitir que las mujeres puedan comportarse hasta cierto punto como los hombres. Es una victoria parcial, y la celebro (sin ella no podría estar escribiendo esto) pero de ninguna manera me parece que sea razón para dejar de luchar.

¿Qué quiero ganar? Bueno, mi punto es poco ortodoxo y bastante excéntrico, como suele ser. Quiero ganar el derecho a que una persona, mujer u hombre, sean malos en la misma manera. Quiero que lo peor que se pueda decir de una mujer sea que es una mala persona, no que tuvo sexo con muchos hombres; quiero que cuando se diga de un hombre que es un mal padre sea igual de escandaloso y tenga el mismo estigma social que cuando se dice que una mujer es mala madre.

La sexualidad de una mujer no tiene fundamentalmente distinto valor que la de un hombre. Un hombre pendejo no ha ganado más teniendo sexo con muchas mujeres que lo que una mujer pendeja gana teniendo sexo con muchos hombres. No somos cerrojos ni llaves.
Somos personas.



jueves, 21 de mayo de 2015

El Malecón

Estaba cogida con las puntas de los dedos, las yemas insensibles y desolladas, mis manos agarrotadas y mis tendones desgarrados, aferrándome a los bordes inasibles de un piedra filuda y negra. Estaba en el medio del mar mientras escuchaba su canto llorar, pidiéndome que regresara, gritándome y susurrándome al mismo tiempo, arrodillado y rogándome que volviera a él.

Sus olas chocaban contra mi piel y yo le respondía a gritos, ¿cómo dices quererme si me golpeas así? ¡Quieres llevarme, quieres que me suelte para luego ahogarme, revolcarme y hacerme chocar contra las piedras! ¿Qué clase de amor es ese? Y lloraba el mar, y lloraba yo porque me dolían las manos y el alma.

El mar entendió que yo no iba a entender, y calló su canción que escondía un llanto. Se quedó quieto y me dejó sola, mojándome los pies de vez en cuando. Por un momento me sentí aliviada, pero pronto sentí los estragos del aire seco en mi nariz, sentí con dolor mi piel agrietada. La piedra negra seguía igual de inasible e igual de filuda, infértil e inamovible, el antónimo completo de mi fértil y dinámico mar.

Entonces caminé un poquito, pateando el agua, saludando de nuevo al mar que me había querido lo suficiente como para dejarme ir. Volvió, cauteloso, porque sabía que la piedra seguía ahí, y que yo podía volver a aferrarme a ella; nos miramos sin prometernos nada, él estrellándome ola a ola y yo con la boca bien cerrada.

Tropecé y mis pies buscaron el piso, pero el mar me susurró que dentro de él no necesitaba piso. Sentí mi cuerpo moverse a pesar de mi voluntad, pero las olas me acariciaron recordándome que contra el agua no me iba a golpear. Fui cerrando los ojos, llorando un poquito, agua dulce que se diluyó entre el agua salada, estirando las manos hacia la piedra negra a que tanto tiempo me había aferrado, pidiéndole de rodillas que por lo menos me abrace una vez más.

Pero la piedra era fría y no tenía alma, y de una sola ola el mar la hizo estallar. Miré por unos segundos y luego cerré los ojos. Ya no habían olas que chocaban contra mi cuerpo, porque había vuelto a ser una con el mar.

Estiré las manos y floté de espaldas, los brazos abiertos y los dedos separados, escuchando su canto de nuevo, que ya no era ni llanto ni grito. Y me dijo que si bien él me quería, había cosas en su naturaleza que no podía cambiar. Que a pesar de su cariño a veces iban a haber olas que me revolcaran, y las piedras que hay en la orilla de vez en cuando me van a desollar, porque así es la vida.

Le dije que no se preocupe, porque ya entendía; que sabía que iba a haber un raspón o dos, pero no me daba realmente miedo, no de verdad. Lo único que temo, le dije, es que me quede sola, sin nadie a quien abrazar.

No te preocupes, me dijo sonriendo, hay muchos a quienes vas a abrazar, pero ellos no viven en las piedras; ellos viven conmigo, así como tú, y su sangre es roja, su piel tibia, sus almas grandes.

¿Confías en mí?, preguntó.

Sí, respondí.

lunes, 11 de mayo de 2015

Rendición, primera parte

Me paré. Había estado arrodillada, llorando otra vez. ¡Otra vez! Nada de lo que había planeado resultaba. Mis grandes decisiones no habían causado ningún cambio. ¿De qué servía tanta diligencia? Era como intentar vencer al mar a punta de cuchillazos.

La disciplina, de alguna u otra forma, me había hecho leal a mí misma. No había avanzado, pero tampoco había retrocedido. ¿Tal vez esa era una forma de avance? Seguía con los ojos rojos, como si alguna vez hubiera servido de algo. Había estado pensándolo ya algunos días, pero todavía no lo había hecho. Y entonces sucedió.

Fue casi como un hechizo. Me rendí, no necesariamente esperando algo, entregando mi cuerpo y mi alma como arcilla, dispuesta a ser lo que el Universo quisiera hacer de mí. Lo sentía en los poros de mi piel, en lo más profundo de mis músculos. El coraje se acumulaba, clarísimo, la ausencia completa de miedo que sólo es posible cuando ya no se tiene nada que perder. 

- I got a love that keeps me waiting. -dije, susurrándole al universo. 

El Universo, entretenido, respondió. 

jueves, 30 de abril de 2015

¿Hace cuánto tiempo no tienes una cita?

- ¿Hace cuánto tiempo no tienes una cita? - preguntó James.

Había un brillo especial en sus ojos, una calma en su voz. No era felicidad; al contrario. De repente era el vacío del día después de su triunfo.

- ¿Hace cuánto tiempo no te despiertas a las siete de la mañana sabiendo que tu cita es a las 5 de la tarde, y piensas en qué ponerte y en qué decir y estás realmente emocionada? O sea, ¿hace cuánto tiempo que no tienes una cita con alguien que te gusta, que en serio te gusta?

Sonreí. Sonrió, nos reímos, pero no había ni gracia ni alegría detrás.

- Y el día siguiente cuando te sientes desesperada por verlo, y llega el medio día y todavía no te escribe.

Calló y yo no dije nada. Sabía la respuesta y me daba pena, no vergüenza.

Era de tarde y se sentía melancolía en el ambiente. Su pregunta, súbita, me había sonado muy parecida a mi canto iterativo del río de los renacuajos en Pozuzo, cuando buscaba regresar al pasado cantando la misma canción que me había dicho qué temer de mi futuro, dándome cuenta que los temores se habían hecho realidad.

- La luz cambia. Caminas en nubes. -dije.

No tenía que cerrar los ojos para verlo, como la tonada de una canción favorita audible con todas sus notas aún en el silencio.

- Hace cuánto tiempo que no quiero a alguien. -respondí.

Querer, realmente querer a alguien.

- ¿Hace cuánto tiempo no eres feliz? -susurré.

La pregunta iba para los dos.

¿Qué hacíamos ahí los dos, en ese momento, hablando sobre la felicidad? Él había conseguido lo que había buscado toda su vida, había logrado lo que se había propuesto, había triunfado ahí donde muchos fracasaban, ahí donde yo misma estaba buscando triunfar también. Años y años de esfuerzo, sacrificio.

- Dime la verdad, -me preguntó -si pudieras hacerlo todo de nuevo, ¿estudiarías Medicina?

Entendí lo terrible de la pregunta, y la profunda verdad que se escondía tras ella.

- Sí. - respondí.
- ¿Volverías a hacerlo todo, a estudiar Medicina?
- Sí. ¿Tú?
- No.

No me sorprendió en lo absoluto, pero me dio pena. Lo entendí. James me dijo que si pudiera hacerlo todo de nuevo estudiaría otra carrera, más libre, que no le permitiera escudarse, que lo obligase a mirar a la vida de frente. Yo le dije que yo siempre había sido médico, aún antes de estudiar Medicina. La Medicina no tenía la culpa de que no fuese feliz; la canción que yo había cantado en Pozuzo no lloraba lo que la Medicina me había impedido vivir, lloraba simplemente lo que yo no había vivido.

¿Cómo no ser médico? Sería como llamarme por otro nombre o tener otra cara. De bebé gateaba entre los libros de Medicina de mi papá, de niña dibujaba monigotes mientras mi mamá hacía consulta, operaba, vendaba y suturaba a mis muñecas (para la consternación de Carmen), jugaba con martillos de reflejos y tambores de algodón. Ya más grande dediqué corazones anatómicamente correctos a mi primer enamorado. Ser médico es parte de mi identidad, estudiar Medicina sólo fue la progresión natural de mi forma de vida.

- La Medicina no tiene la culpa. -dije.
- Tienes razón. -dijo él. -Es sólo una pregunta estúpida que me ha hecho examinar mi vida.
- ¿Hace cuánto tiempo no tienes una cita?
- Una cita de verdad, una cita con alguien que realmente me guste, no me acuerdo. O bueno, sí me acuerdo... pero fue hace demasiado tiempo.

¿Qué pasó todo ese tiempo? ¿Qué pasó con todas esas horas y semanas en las que pudo ser feliz? Cada uno con su excusa, escondiéndose detrás de su escudo, dejando que la inercia prosiga.

- ¿Tú? -me preguntó. Supuse que no quería saber la fecha, o con quién había sido.
- Suficiente tiempo como para saber que ha pasado demasiado tiempo como para rendirme ante algo que no vale la pena. -le respondí.

Fue como si alguien hubiese apagado la última vela que quedaba para la noche con la inesperada llegada del amanecer.

sábado, 14 de marzo de 2015

Crimen y castigo, o cómo pueden robar el arte de nuestra ciudad con impunidad



Usualmente no hablo de política en mi blog: generalmente lo dejo para mis historias semi-ficticias (o semi-reales, según se vea), para algunas catarsis o para propósitos literarios varios en general. Pero hoy día no voy a hacer eso; hoy día voy a hablar de la política que me ha tocado las últimas semanas, en algo que podría parecer muy trivial: la destrucción de los murales del Centro de Lima hecha por Luis Castañeda Lossio.





Luis Castañeda Lossio es el alcalde electo de Lima. Ha sido alcalde antes y sus gestiones han estado caracterizadas por una aparente prolífico y ambicioso entusiasmo por las obras, todas debidamente bautizadas y marcadas con su autoría. En esta nueva empresa suya ha sido un poco más tímido con sus nunca suficientes hitos y autopropaganda, pero no pudo resistirse a firmar con su color favorito. Nos queda claro.





Esta es mi evidencia del más vistoso crimen que está cometiendo en Lima. Estamos siendo robados. Cuando una persona entra a una casa y se lleva los cuadros que la decoran esa persona es un ladrón, y la acción es un crimen que se denomina robo. Nos dimos dado cuenta y protestamos. Esta fue su respuesta:


Hay que aceptar que la gestión de nuestro actual alcalde tiene un sentido de lo dramático. ¿Qué mayor defensa que culpar al gran cuco del Perú, Sendero Luminoso? ¿Qué mayor insulto para uno de nuestros dolores más profundos como país que comparar pintura en la pared con gente muriendo despedazada, madres caminando días para reconocer los cuerpos de sus hijos, coches bombas matando a indefensos inocentes? Esto no es solamente estúpido e insensible. Es peligroso. Como lo dice muy bien el artículo


¿Por qué esta gestión es la que maneja la Municipalidad de Lima? ¿Por qué su líder es nuestro alcalde? Luis Castañeda Lossio y su partido, capaces de involucrar a Sendero Luminoso por el miedo que les producen unos cuantos murales, son la autoridad máxima de esta ciudad. Y Luis Castañeda Lossio llegó al sillón municipal porque nosotros lo pusimos ahí. Somos cómplices en el crimen, y este es nuestro castigo.

Perdimos como ciudad.  Estamos sufriendo las consecuencias de nuestras acciones. Pero eso no significa que no podamos empezar a actuar mejor.  El primer paso lo tenemos que dar nosotros mismos: tenemos que empezar a respetarnos como ciudad y respetarnos como ciudadanos. Si un gobernante es el reflejo de los que lo eligieron, tenemos que ser mejores nosotros mismos. Si nos respetamos los unos a los otros el alcalde que llegue al poder nos respetará como ciudad.

domingo, 1 de marzo de 2015

La vida de Orfeo después de salir del Hades

Anoche me puse mi vestidito marinero a rayas para salir a Barranco, el otro distrito que tiene mar y que está razonablemente cerca de mis dominios. Iba a ver al Artista y a su amigo el Actor, diciéndome que tengo 27 años, mi vida está en stand by y mis amigos son menores que yo. No, no había mucha esperanza en mi corazón anoche. Pero igual ahí estaba yo.

Hay algo de Barranco que es acogedor, y no necesariamente son los recuerdos. Miraflores es mío pero Barranco me recibe como la casa de un viejo amigo, y a cada esquina veo y siento que soy bienvenida y que cosas increíbles pueden pasar, como han pasado antes y definitivamente volverán a hacerlo. 

Me parece un poco (muy) irónico que la esperanza mitológica que tenía antes haya dado paso a este pesimismo prematuramente saturado, a este "¿para qué?" derrotista que prefiere rendirse antes de luchar. Sentada en un sillón antiguo la tristeza que nace del propio fracaso curvaba mi boca hacia abajo, hasta que la inesperada pregunta de una cámara de iPod me arrancó una carcajada. Sí, estaba viva. Sólo tenía que tocarme el pecho para sentir mi corazón latir. 

La vida después de infierno se siente un poco como si hubieran desaturado los colores. Regresé a este mundo que creía que sabía cómo era pero me doy cuenta que los colores que se ven blancos y dorados en realidad pueden ser negros y azules (feos, pero igual). Volteo la cara y miro a los lados esperando escuchar los ecos de la muerte pero de la nada aparece el mar hecho sardina en el Juanito, por ejemplo. Capitanes que se toman, patiecitos llenos de flores y plantas, dolces far nientes y un vaso de rico chocolate frío. La vida que no puedo imaginar sólo sucede cuando salgo de mi cuarto. 

Terminé (terminamos, Imago, Loko y yo) en un tradicional lugarcito para que bandas desconocidas se conozcan entre ellas, mientras selectos invitados habitantes de mundos pequeñísimos los escuchemos, los aplaudamos y digamos tonterías mientras los vemos tocar. La vida latía en esa especie de olla, y de la nada sentí como si estuviera presenciando lo que debería ser el inicio de una gran epopeya, no mía pero epopeya igual. Lo que estaba escuchando era la esperanza.

Hay lecciones que me falta aprender: no juzgar, por ejemplo. Que a veces renunciar a los sueños es lo maduro. Que el dinero es importante, mucho más importante de lo que a juventudes idealistas les parece; que no conozco ni el hambre ni el frío que su falta puede generar. Mi papá me dijo hacer poco algo muy cierto: "el que quiere algo se pone de pie todos los días y sale a buscar su suerte." 

Ayer  me puse de pie y salí a buscar la vida a la que se supone que regresé hace ya bastante tiempo. La encontré sin voltear demasiadas esquinas ni buscar con particular ahínco. Yo sé que está ahí. Yo sé que está aquí mismo. Me doy cuenta de que lo que tengo que aprender ahorita no lo voy a aprender mirándome al espejo. 

(Por fin.)

miércoles, 18 de febrero de 2015

Miércoles de ceniza

Hoy empieza la Cuaresma. Y ayer tuve una mala (si bien justificada, y tal vez parcialmente esperada) noticia.

Siento de alguna manera que esto me cae muy precisamente. Naturalmente ahora tengo 40 días y 40 noches para practicar el ayuno de cosas que si bien me dan un placer momentáneo, ya están causándome daño. Quiero darme este tiempo, quiero darme esta pausa y recuperarme, descansar profundamente y reparar lo que sí puede ser reparado pero que requiere rigor, trabajo y tenacidad.

Este va a ser el primer ejercicio formal de la disciplina que he estado ejercitando desde las primeras horas del año, y estoy preparada.

Leave the games behind. 
Let real life begin. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

De cuánto más femenina me hace mi toallita higiénica (Sexo: Femenino, parte II)

Me fui a comprar toallitas higiénicas. Cuando regresé a mi casa me puse a leer lo que estaba escrito en el paquetito. Justo arriba del "abra aquí" decía así:

"Eres una de esas mujeres que cada día se desafían a sí mismas. 
Valoras tu feminidad, 
te gusta cuidarte, reinventarte 
y verte diferente todos los días"

Felizmente estaba sentada en la tapa del wáter, porque de haber estado parada me hubiese caído. ¿Estás intentando hacer marketing tipo estilo de vida en el envoltorio de mis toallitas higiénicas? ¿Estás utilizando la obviamente FEMENINA situación en la que me encuentro para (re)convencerme de que soy una mujer?
Asu.

Mi papá me escuchó y dijo, como me ha dicho muchas otras veces, "tienes que tener más paciencia, hija". Sí. Sí, tiene razón.

Tengo que tener más paciencia, porque esto no está ni cerca de terminar. Esta pulsión incontestable por recalcar la feminidad de las mujeres no es ni una cosa nueva ni un nuevo tema en mi vida o mi blog. Es una verdad por todos conocida que el concepto de feminidad está en mí tan bien fijado que lo considero automáticamente mi propiedad una vez que entra a mi vecindario.

Soy mujer. Menstrúo. Al no querer ir por el mundo como la víctima reciente de un ataque en el bajo abdomen tengo que utilizar toallitas u otros medios. El que mi toallita higiénica tenga dibujitos no me hace más mujer de lo que ya soy por el hecho de tener útero y menstruar. Ahora, la evidente pregunta es... ¿por qué querría ser reafirmar el hecho de mujer?

¿Es acaso una competencia? ¿Quién es más mujer, quién es más femenina? O.K., digamos que es una competencia, ¿por qué estamos compitiendo? ¿Por poder?

Después de todo, "salvo el poder, todo es ilusión", ¿no?

¿Para qué [inserte su lisura preferida aquí] querría ser más femenina, si no es por poder?

No sobran conceptos de feminidad, así que la amiga Simone de Beauvoir va a tener que entrar a la conversación. El concepto de mujer, según esta específica y prolífica mujer, no es independiente: depende del concepto de hombre. Somos "el otro". El Segundo Sexo. Es casi como decir que el concepto de silla es dependiente del hecho de no ser mesa. Lo más triste es que, concerniente a lo que dice mi toallita higiénica, es verdad.

La hiperfeminización nace del deseo de confirmar algo que no sé por qué habría de ser puesto en duda. ¿Por qué he  de probar que soy mujer? Entiendo que desde el punto de vista evolutivo características secundarias femeninas más pronunciadas habrían de significar mayor éxito reproductivo, pero, ¿en qué momento estas características empezaron a trascender lo biológico?

Buscamos igualdad. ¿Qué clase de igualdad encontramos si la propaganda (aparentemente) más efectiva para vendernos algo que el producto sea "femenino"? El marketing no lo ha creado; simplemente ha recogido algo que ya existía. Aparentemente las mujeres deseamos feminidad, rosada y delicada feminidad ad nauseum... ¿estamos en el nido de nuevo, las niñas son diferentes de los niños? ¿La que se pone más rosado gana la competencia?

¿Cuál es esta necesidad de hiperfeminizarnos?

¿Cuál es esta necesidad de sobresexualizarnos?

¿Cuánto hemos avanzado, y cuándo (sí, cuándo) retrocedido?

¿Por qué compré las toallitas en cuestión?

Ah, bueno, estaban de oferta, dos por uno. Ahorro es progreso.

jueves, 31 de julio de 2014

#Entreloépicoyelsusurro

There's a Leli who's sure,
he who glitters is gold,
and she's buying a stairway to Hades. 


La postrera sombra que vino a cerrar mis ojos llegó un lunes por la tarde, en la forma de un mensaje de Facebook. Alexander, el mismo Alexander que me había felicitado por mi nota el sábado dos días antes, me había escrito para decirme que estaba muerto. Sorry.

No podía entenderlo. ¿Cómo podía estar muerto? Hacía menos de una semana había estado en mi casa, había cambiado una guardia el mismo miércoles para verlo, ¡me había pedido que le mandara mi horario, yo todavía tenía en mi piel las huellas de sus dedos! Muerto, y en mi boca el sabor metálico de su traición, en mi espalda roja y escandalosa la sangre del puñal que me había metido.

¿Qué tanto escándalo haces?, me decía a mí misma sentada en la tapa del wáter, echada como inválida en mi cama, ¿acaso no sabías lo que todo esto era? ¿Lo que eras? Nadie te obligó a nada. Anda, sal con Josema, deja que alguien te suelte el pelo y te haga olvidar. A los muertos se les olvida. El deber de los vivos es ponerles una moneda en cada ojo para que puedan pagarle a Caronte el viaje desde la orilla de este mundo hasta las puertas del infierno.

Un buen consejo el mío, olvidar. ¿No había olvidado ya a otros antes? Mas de esotra parte en la ribera no quise dejar la memoria en donde ardía. Decidí yo misma bajar la escalera que lleva al Hades, impertérrita, con lágrimas en los ojos y escritos en la mano. Quería arrodillarme ante los dioses esperando conmoverlos. Quería que me devolviesen a Alexander, como si no recordara que había sido él quien me había dejado. Prefería morir a olvidar que alguna vez él me había hecho sentir viva.

Mi corazón latía violentamente en medio del silencio hecho grito y llegó un momento en el que no pude más con el dolor. No era que lo había olvidado (seguía estando llena de cicatrices con la forma de sus dedos), sino que a pesar de todo tenía que seguir caminando y seguir viviendo. Cerré los ojos y acepté la invitación de un arcángel que se cruzó en mi camino para juntos entrar a la locura del teatro mágico. Pero por más intensas que fueran las ilusiones que vivía adentro no podía olvidar la realidad que me había dejado atrás. Seguía en el Hades, rodeada de muerte, pero el recuerdo de Alexander sólo podía hacerme desear la vida.

Le escribí por última vez, deseándole todo bien en esa nueva etapa de su vida y confesándole que mi más profundo deseo para él era que un día estuviese sentado en una sala de cine y que debajo de "director" saliese su nombre. Me quedé quietecita ahí esperando, sin moverme y con los ojos cerrados, sin querer despertar porque de repente todo era un sueño. No respondió. Yo había bajado hasta la sima del Hades a buscarlo y lo único que había encontrado era silencio, el mismo silencio oscuro que siempre había existido entre nosotros. Di media vuelta, aún sabiendo como sabía que si hubiese de morir en el intento y mi cuerpo arder en ese infierno el polvo en el que se habría de convertir mi médula seguiría enamorado de él.

¿Cómo sigo queriendo, me preguntaba a mí misma, cómo sigo queriendo a quien no me quiere ni ver? ¿Cómo sigo creyendo en que algún día va a volver, como si fuera un mesías? Una palabra suya ya no iba a bastar para sanarme y yo lo sabía, pero mi fe seguía tan incólume e irracional como un monolito negro.

Tenía hambre y sólo estaba viviendo de recuerdos. Se me iba olvidando el olor de su sudor y el sabor de su boca. Alexander me había dejado tranquilamente y era feliz sin mí; la epopeya que yo estaba viviendo era mía por completo. Había seguido llorando en el cuerpo de un muerto, y no importara cuántas lágrimas le derramase, no iba a volver a la vida. La realidad era intransigente.

Me fui cansando de escuchar música vieja. Me di cuenta que para salir del Hades tenía que dejar de mirar hacia atrás; ya ni siquiera podía recordar su cuerpo. No estaba sola en mi viaje; formidables fantasmas me miraban desde arriba, desde lejos.

Toda clase de arrepentimientos me asaltaron en mi camino. ¿Cómo me había permitido quedarme ahí tanto tiempo? ¿Cuántas oportunidades había dejado que pasaran, de cuánta felicidad me había perdido? ¡Cuánto tiempo que no iba a volver! Lo más difícil de salir del Hades no fue olvidar a Alexander sino perdonarme a mí misma el haber decidido sacrificar tanto por su regreso.

¿Cuánto había dado, cuánto, cuánto había desperdiciado esperándolo? Como un general estúpido había iniciado una guerra sin importarme la logística, emocionada por las medallas que iba a ganarme al valor. Oh, sí, el valor. Mucho valor había tenido al negarme a aceptar lo innegablemente cierto. Me enorgullecía de haber sentido algo tan puro y tan épico, pero no podía evitar la vergüenza al ver cuánto había perdido haciéndolo.

Entonces hice click para ver las fotos de Alexander en Facebook. Quería convencerme de que no todo había sido en vano. Quería volver a sentir esa turbación al ver sus fotos, mi corazón latiendo más rápido, quería excusarme a mí misma que había valido la pena hacer mi incursión al Hades buscando la vida que brillaba en sus ojos color mar. Pero sus ojos eran los de un cadáver: Alexander DeLarge se había convertido hacía tiempo en una figura de roca. Estaba tan muerto que bien podría ser de verdad y no hacer ninguna diferencia.

Grité en silencio algunas veces más, recordándolo no a él sino al fantasma que había vivido en mi alma tanto tiempo, pero ya no era lo mismo. La mística del coloso, el risco del malecón de Porta, todo había sido bonito, sí, pero hacía mucho, mucho tiempo.

Y llegó el día en que salí del Hades, y simplemente no quise voltear a ver si alguien me seguía atrás.

martes, 10 de junio de 2014

Puccini (y muchos, muchos, muchos, ¿mencioné muchos? más)

Yo confieso ante ustedes hermanos que mi primer contacto con la música clásica fue de la mano de Bugs Bunny. Sí, Bugs Bunny. ¿El Barbero de Sevilla? ¿Me vas a decir que no te acuerdas? ¡Bugs Bunny como el barbero masajeando la cabeza de Elmer el Gruñón con una mano, dos manos, en cuatro patas, echándole una loción que hacía que le crecieran flores en la calva!
 
 


¿Cómo olvidar El Anillo del Nibelungo (NO. No es el anillo de los nibelungos, es Der Ring des Nibelungen, y se traduce a El Anillo del Nibelungo, del, no de los), Bugs montado en su megayegua y sus trenzas amarillas.

... y luego Elmer se da cuenta de su verdadera identidad



Guillermo Tell y el llanero... ¿le preguntamos a Susanita?


Edvard Grieg entró a mi vida cuando tenía cinco años y no me quería tomar la leche los sábados por la mañana, como el conde Pátula y su nana que le hacía tomar el desayuno.


Después de un inicio tan prometedor, Apocalyptica con Hall of the Mountain King era básicamente regresar a casa.


No era muy grande (bueno, nunca lo he sido, pero eso es otro tema) cuando aprendí que escuchar Carmina Burana y su O Fortuna eran malas noticias en la película/serie/dibujito que estaba viendo.


Y luego vino el amor, o como le dicen en algunos círculos, Puccini. Barbra Streisand lo dice mejor, así que le paso la posta (por si acaso, es de The Mirror has Two Faces)


¿A qué, nunca lo he escuchado? Claaaaaro que lo has escuchado. Para muestra un botón (porsiaca, es Nessun Dorma, en la voz del maravilloso Pavarotti)


He confesar también ante ustedes hermanos que durante la cuasi totalidad de la creación de este post he estado mensajeándome en forma entusiasta e inconfesable con uno conocido por el servicio (para mayores señas, tiene alas de cera). No, no escucho a Puccini cuando lo beso. Ah, por si acaso, si estás leyendo, aquí te mando una:

pop.

miércoles, 4 de junio de 2014

(Lo que aprendí de) Tinder

Mientras mi idea del gato de Schrödinger va madurando hasta convertirse en la continuación ideológica de mi adorado La relatividad del amor, creo que ya he acumulado suficiente data y ganas para escribir sobre un tema muy actual y que me entretiene mucho (dumroll, please): Tinder.
Para los no-iniciados, Tinder es esto; para los que no les da para tanto, probablemente cuando termine de escribir esto más o menos entenderán cómo va el asunto. Tienes un perfil o algo parecido a uno, y tu chamba consiste en deslizar el dedito a través de la pantalla juzgando a primera vista si te gusta el pata (o chica, dependiendo) de la foto, o no. Izquierda = NEXT, derecha = ME GUSTA. Así de simple.

Sí, sí, es superficial, ¿cómo vas a juzgar a un pata sólo viendo su foto?, esto es una continuación de cinco milenios de opresión machista que objetiviza a las mujeres (yo sé, la palabra no está en el RAE pero tampoco es que no la entiendas ni que la haya inventado yo), ¿en serio crees que vas a encontrar el amor con una app?, [inserte su objeción en el espacio en blanco]. Ya. O.K. ¿Puedo terminar de hablar?

1) Sí, es superficial. ¿Y qué? ¡Fue lo primero que dije! No tengo absolutamente ningún problema con deslizar mi dedito para un lado o para otro en la privacidad de mi celu, de la misma forma que deslizo mis ojitos para un lado o para otro en la privacidad de mi cabeza. No es que estoy privando al susodicho de algún bien básico o superior, tá bien que tenga autoestima y me quiera pero tampoco soy Kanye West como para pensar que lo estoy condenando a una vida de miseria sin mí. Es superficial, sí, y no me molesta en lo más mínimo.

2) ¿Cómo vas a juzgar a un pata sólo viendo su foto? Al primero que me saque el dicho de no juzgar a un libro por su portada voy a meterle un lapo con la versión de tapa dura de Crimen y Castigo tan fuerte que Raskolnikov mismo va a decir "pobrecito, no le pegues". Déjame decirlo muy, muy lentamente: NO. ES. LO. MISMO. No es lo mismo. El libro no decide cuál va a ser su portada. O sea... de repente un pata puede ser más feo que el [inserte su lisura favorita en el espacio en blanco] pero igual puede elegir una foto interesante de perfil. Lo que me lleva al siguiente punto

3) ¿En serio crees que vas a encontrar el amor con una app? No, obviamente! Pero ya pasé hace muuuucho tiempo esa época en la que creía que toda acción mía tenía que ser necesariamente un paso hacia el verdadero amor. Lo cual tampoco significa que un paso que se sienta como una metida de pata hasta el muslo no pueda ser el primer paso hacia la felicidad más grande de mi vida  (à la Fiona y Shrek). El punto es ese: no sé. No sé, nunca he sabido, y no pretendo saber. Es una app y ME GUSTA mover mi dedito. 


Ahora bien, ME GUSTA mover mi dedito. Pero lo que me parece interesante no sólo es mover dicho dedito, sino lo que motiva el que se deslice a izquierda (nope) o derecha (oh sí!). He identificado algunas cosas que me importan, aunque bajo ningún concepto esta es una lista exhaustiva, pero hela aquí:
Lo justo es que después de toda esta disertación someta mi propia foto de perfil a implacable escrutinio. Y es precisamente aquí cuando entra el punto de genialidad de esta app: la única forma que se enteren de que tú le diste para la derecha y le pusiste el corazoncito verde a la foto es...

... oh sí, es...

... qué él te haya dado para la derecha también. 

Swipe away, my children, y no se preocupen. Yo no me enteraré. 

PD 7/6/2014: Borré mi tinder :D