miércoles, 4 de noviembre de 2015

La canción del ex hijo único y la reivindicada

Dom estaba callado. Estábamos en su departamento, y él había cogido una cerveza apenas llegamos de almorzar con sus papás. Ya iba por la tercera.

Anteriormente yo habría entrado en ansiedad. "Ya no me quiere", "me va a dejar", "está con otra". Pero suficiente tiempo había pasado para reconocer al otro por sí mismo.
- ¿Qué pasa? –le pregunté.
Me miró súbitamente avergonzado, como si lo hubiera visto desnudo. Asumo que recordó que usualmente lo veo desnudo y se relajó un poco. Tomó aire.
- Mi papá tiene una amante. –soltó.

Puta madre. No lo dije, no sé si lo pensé pero lo sentí. Es inconfundible.
- Lo siento. –respondí. Le busqué los ojos y me estaban mirando. Abrió un brazo y subí a él, apoyando mi mentón en su cuello.
- Se llama Laura. Tiene treinta y siete años y trabajan juntos. Está embarazada.

Su boca economizaba las palabras con un deseo de deshacerse de ellas lo más rápido posible. Toda una historia de insatisfacción, deseo y traición podía resumirse, los detalles eran innecesarios y no bienvenidos.
- ¿Tu mamá sabe?
- Todavía.
Nos quedamos callados. Mis pies estaban fríos.
- Dice que lo hace sentir vivo. –dijo. Sonrió con tristeza. –Pero no puedo dejar de pensar que es por la plata.

Su mano derecha quiso hacerse puño pero se detuvo a sí misma; se sintió dolorosamente familiar. Cogí su puño entre mis manos y le di un beso.
- No sé cómo mirar a mi mamá. No sé… no puedo hablarle, tiene que decirle pronto, ya me siento pésimo por no haberle dicho apenas me enteré. De repente ella cree que todo está bien. –tomó aire. – ¿Tú sabías? –me miró.
- ¿Cuando…? Sí.
- ¿Y cómo hacías?
- Mentía.
Suena feo, pero es cierto. Tomé aire e intenté explicarme.
- Yo no creo que sea adecuado contarle eso a un hijo. Yo creo que la relación de pareja sólo debe involucrar a la pareja. Contarle a un hijo esas cosas no sólo me parece egoísta, sino cobarde –suspiré, molesta. –En mi caso yo mentía porque era más fácil.
- ¿No sentías culpa?
- Mucha. Pero con el tiempo entendí que yo estaba haciendo lo que necesitaba para vivir. La culpa era de mi papá por ser infiel, no mía por guardar el secreto.
Me acarició el antebrazo.
- ¿Un bebé a los cincuenta y ocho años? ¿Te parece sensato? –preguntó retóricamente.
- No. ¿Te dijo qué va a hacer?
- Le va a decir a mi mamá.
- Pídele que no le diga que tú sabes. Es suficiente sentirse traicionada por una persona.
- Sí, tienes razón.
- Mejor llámalo ahorita.

Dom cogió el celular y llamó a su papá; no se demoró mucho, pero yo me fui poniendo los zapatos para despedirme. Creí que tenía muchas cosas que pensar y que le iba a ser más fácil sin mí ahí.
- Quédate. –dijo, después de colgar.
- Vamos a mi casa a recoger mi ropa. –dije.
- Vamos. –dijo, cogiendo las llaves del carro.
- Caminemos.
- O.K.
Nunca recogimos mi ropa; se echó en mi cama apenas llegamos y antes de que yo hubiera terminado de escoger lo que me iba a poner el día siguiente ya se había metido entre mis sábanas, una cabeza humana con cuerpo de gusano gordo bajo la colcha.

Tal vez es porque por veintiún años fui hija única y he estado acostumbrada a estar sola toda mi vida, pero mientras Dom se quedaba dormido a mi lado me di cuenta de que si hubiese podido tenerlo me habría encantado dormir con alguien cuando pasé por lo mismo. La única vez que lloré se armó un pequeño escándalo en mi cuarto, y mi papá comentó que había pensado equivocadamente que yo era lo suficientemente madura para lidiar con el tema; me indicó que me pusiera una almohada en la cara para que los vecinos no escucharan mi llanto.

La mañana siguiente Dom se levantó muy temprano para ir a su departamento a cambiarse y hacer su maletín de mano; en la noche tenía pichanga con sus amigos. Esa misma noche mientras Dom corría tras una pelota yo estaba sentada en mi cama, peinándome. Mis almohadas todavía olían a él.

El celular sonó con un mensajito. Seguí peinándome, segura de que si era una conversación incipiente sonarían más, pero pasaron dos minutos y el celular seguía en silencio. Dejé el cepillo a un lado y chequeé con curiosidad.
“Hola” Leí.
Sorpresa, era Leo.
“hola” respondí.
Hacía tiempo que no hablábamos.

Los días siguientes se sucedieron sin sobresaltos ni nuevas noticias. Dom ignoró el tema por completo y vale mencionar que conversamos bastante. Yo no hacía ninguna alusión, por supuesto; lo peor que hacer cuando una herida está cicatrizando es tocarla mucho. Exactamente ocho días después de la primera revelación del papá de Dom me llegó un mensaje en el whatsapp.
“Quiere que la conozca”

Me acordé de los CD’s. Los CD’s que ella quemaba con mi música favorita, canciones que yo no podía encontrar fácilmente en la época en la que bajarse música era dificilísimo; les ponía coverarts bonitos impresos en stickers para CD. Me acordé de la foto panorámica que me regaló para que pintase; me acordé de las impresiones perfectas de árboles coloridos. Me acordé de cuando mi papá llegaba a las diez de la noche en punto todos los miércoles. Y eso sólo había sido el comienzo.

“Te llamo” escribí.

En su momento la sentí, pero aprendí a ocultarla: me habían enseñado a mentir muy bien. Ver a Dom pasar por la misma situación me hizo sentirla de nuevo, esta vez sin el mitigante del cariño. Ira.
- No sé qué hacer. –dijo.
- ¿Ya le dijo a tu mamá?
- Todavía.
- No lo hagas. No la conozcas antes de que tu mamá sepa.
- No, ¿no?
- No necesitas esa culpa.
- Tienes razón.

Colgué y respiré profundo, molesta. La situación de Dom se siente particularmente cercana porque es muy parecida a la que yo viví; ¿cuánta de esa compasión era compasión a la que yo fui? Tuve ganas de abrazar a Dom y protegerlo de lo que a mí nadie me protegió, pero lo único que pasó fue que le mandé varios emoticones cariñosos y eventualmente él fue a su pichanga de la noche. Era lunes, yo estaba en el consultorio y él en el quirófano, teníamos responsabilidades. El mundo no se acaba porque uno está herido.

(Sin embargo por muy cierto que sea eso, por muy real que sea que uno puede tener el corazón roto pero igual tiene que seguir pagando la luz y sacando al pasear al perro, es bonito saber que no estás solo, que hay alguien a quien le importa tu sufrimiento.)

El viernes cociné una cena para los dos. Regresé relativamente temprano del trabajo y me dediqué a cortar, limpiar, hervir y macerar, música suave sonando. No fue hasta un momento de silencio en la playlist que tomé consciencia del momento, lo que estaba haciendo, cómo en esas acciones estaba el amor que le tengo a Dom. La estrofa que sucedió al silencio me retrotrajo al 2009, la primera vez que estuve con Ícaro. “La soledad es un paso firme que no he podido obligarme a dar.” Dejé el cuchillo y me apoyé en la mesa cerrando los ojos, recordando la letra.

Ícaro había sido el primer enamorado al que se me había ocurrido cocinarle; la canción tenía una frase, “y qué felicidad hacerte la cena, y qué seguridad saber que me esperas. Y el tiempo pasará, el sol se apagará, y todo lo que sentiste fue normal.” Mi papá me había pasado esa canción; decía que le hacía acordar a mí.

Tengo la suerte de no tener duda alguna del amor que mi papá me tiene, pero sé que ese amor, grande y profundo como es, está contaminado de sus ideas. Siempre fiel a su filosofía de que la felicidad no existe sino sólo los momentos felices, la canción que me había pasado me ponía en perspectiva que por mucho que quisiera a mi enamoradito de turno era muy probable que eso terminara también.

Tuve de ganas de llorar, porque él había tenido razón y yo no. Mi historia con Ícaro había terminado, y varias otras también. ¿Me pasaría lo mismo otra vez, volvería a acordarme de la última vez que le cociné a alguien la cena? El peso de mi cuerpo venció mis rodillas y apoyé mi frente en mis brazos, ahogando un sollozo. Dudé en pedirle a Dios que no me quitara a Dom, tantas veces le había pedido que no me quitase a alguien que quería e igual lo había hecho. La canción terminó, tomé aire y me soné la nariz antes de seguir cortando los tomates que iba a cocinar.

Dom llegó dos horas después con un beso y el pelo un poco aplastado. Sacamos juntos a Rex y abrió la botella de vino que había traído con él; Rex estuvo engriéndose con nosotros un rato hasta que le dio frío y subió a mi cuarto a acurrucarse en su rincón.

Serví la entrada en los platos de vajilla italiana y Dom sirvió el vino en copas de cristal alemán. Prendí las velas azules que había puesto en el comedor y sonreí, disfrutando el momento. Dom me cogió una mano y acarició el dorso con su pulgar, acercándome a su boca.
- Te quiero. –dijo, mirándome a los ojos.
- Yo también.
Apretó mi mano y la dejó, cogiendo sus cubiertos.
- Hoy fui a ver a mi papá. –dijo, empezando la conversación.
- ¿Ah, sí?
- Sí. No lo había visto desde… el domingo, ese domingo.
- Wow.
Boris Stier (el papá de Dom) trabaja en la SanTo, y su sitio de estacionamiento está al lado del de Dom.
- ¿Y qué tal?
- Está súper emocionado. Por… –se cortó. Decir “tu hermanito” habría sido supremamente estúpido.
- ¿Ya saben el sexo? –pregunté.
- Es hombre. Creo que le van a poner Mauricio, pero… –movió las manos, como queriendo deshacerse del tema. –La verdad no sé qué debo sentir.
- Nada. –respondí.
- ¿Qué?
- Nada. No debes sentir nada, los sentimientos no son un deber, simplemente existen o no. –lo miré a los ojos.
- ¿Tú sentiste algo cuando…?
- Celos. Rechazo, también. No me gustaba cuando mi papá venía y olía a talco de bebé.
- ¿En serio?
- En serio.
- Anoche en Wong evité el corredor de bebés como si fuera la plaga. –dijo, con una sonrisa ladeada. Suspiró. –La verdad no siento que lo quiera. Sí, yo sé, va a ser mi hermano, pero… no sé, siento que Gustavo es mucho más mi hermano de lo que ese niño alguna vez vaya a ser. Podría ser mi hijo. O sea, podría totalmente ser mi hijo, sin roche.
- Sí. –Sé cómo se siente. –Pero el tiempo ayuda.
- Se supone que cuando lo cargue voy a tener todos estos sentimientos.
- Podría ser, pero si no sucede tampoco deberías culparte.
- ¿A ti te funcionó?
- No. Pero también yo soy recontra inmadura…
Rió.
- ¿Sabes en lo que he estado pensando todo el día?
- Nope. Dime.
- ¿Cómo hacía Boris –Boris, no “mi papá” –para dormir en la misma cama con mi mamá sabiendo que su amante estaba embarazada?
- ¿Ya no duermen juntos?
- No sé, no he preguntado –negó rápidamente con la cabeza, un escalofrío en su cuello –y tampoco quiero saber, pero… puta madre.
- Sorry.
- No, no, no eres tú, es… puta madre.
- Sí.
Puta madre, indeed.
- ¿Tú crees que sea genético?
- ¿Qué cosa?
- La infidelidad.
- Yo creo que el comportamiento humano es demasiado complejo para ser reducido a una causa genética, a un neurotransmisor que no hace su trabajo. ¿Te preocupa que sea genético?
- ¿A ti?
- No.
Sonrió, reconfortado. Me di cuenta que había tomado mi respuesta como que no me importaba si él tenía un componente genético de infidelidad, cuando yo la había interpretado como si a mí me preocupara el componente genético de infidelidad que yo tengo; preferí no corregirlo porque de todas maneras tenía razón, no me importa. Habíamos terminado la entrada.

- Voy a traer el pulpo. ¿Me ayudas con la maderita?

Fuimos a la cocina y destapé la cacerola donde estaba el pulpo; el vapor se había condensado en la tapa, y el ají panca envolvía el resto de los olores como un terciopelo.
- Huele rico, ¿no? –Volteé a coger las manoplas, y Dom puso sus manos en mis hombros, subiendo hasta mi cuello.
- Eres tan sexy. –susurró. Solté las manos de la cacerola, cogiéndole los codos con las manoplas aún calientes. Volteé para besarlo, y no pude resistir morderle un poco el labio.
- ¿Tás con hambre? –susurró, antes de morderme la oreja. Me abrazó, alejándome de la cocina, y se sentó en uno de los bancos, ambos a la misma altura.

- ¿Alguna vez has estado con alguien que ya estaba con otra persona? –preguntó.
- ¿Tú?
- Sí. ¿Tú?
- También.
- ¿Cuándo?
- Antes de que nos volviéramos a ver.
- ¿Casado?
- No, pero tenía enamorada.
- ¿Lo conozco?
- No.
- ¿Y qué pasó?
- Fui a su departamento.
- ¿Tiraron?
- No. Casi todas las paredes tenían un cuadro o pintura que su enamorada le había regalado.
- Ala mierda.
- Sí. Entré a esa casa y me di cuenta que el amor vivía ahí; tuve que esconderme en la sombra de una refrigeradora.
Estiré mi mano, tocando el borde de la mesa.
- Su corazón latía como un tambor de guerra; parecía una arritmia, y se lo dije, pero me dijo que era la emoción de estar conmigo. Me dio asco. Me di asco, y pena también.  

Me saqué una manopla, cogí la mano de Dom y entrecrucé mis dedos con los suyos. Vi cómo mi piel canela contrasta con su palidez invernal y luego lo miré a los ojos.
- El martes siguiente te vi. Justo el domingo mi papá había hecho un comentario que escuché de casualidad: decía que le daba miedo que me quedara sola porque estaba buscando al hombre perfecto.
- ¿Y lo encontraste?
- Parece que sí.

Seguimos besándonos, la cacerola destapada, el silencio de una noche de viernes en Miraflores.
- ¿Cómo fue contigo? –pregunté. – ¿Estaba casada?
- No.
- ¿Tiraron?
- Sí.
- ¿Más de una vez?
- Sí. –rió.
- ¿Valió la pena?
- Lo hice por joda. Ella quería que estuviéramos, pero…
- Tú no.
- No. –me miró, súbitamente serio. –Qué mal, ¿no?
- ¿La engañaste? –pregunté.
- ¿A qué te refieres?
- O sea, le dijiste que ibas a estar con ella, que la querías…
- No, sólo le dije que le tenía ganas y ya. Fue al toque, tres veces. No fue muy bueno tampoco.

Lo abracé, recostando mi cabeza en su hombro. La pequeña sesión chape - confesionario se había sentido sexy en una forma medio prohibida, pero se había terminado.
- ¿Qué piensas? –pregunté.
- Intento no pensar.

Cuando subimos Rex ya estaba durmiendo, echado en su mantita de polar. Dom prendió la tele y se sacó la ropa metódicamente, doblando cada prenda y dejándola en la silla. Se quedó en bóxers y se echó en la cama.

Nos abrazamos, su olor inundando mis sábanas. Sus manos estaban heladas, y cuando me tocó la espalda no pude evitar arquearla.
- Sólo porque te quiero… –dije.
- Es que estás calientita. –dijo, dándome un beso en la sien. Me sacó el sostén con esos dedos de White Walker.
- Mi bisabuela decía “cuatro piernas bien cruzadas abrigan más que veinticuatro frazadas”. –dije, entrecruzando mis piernas con las de él.
- ¿Conociste a tu bisabuela?
- Sí, cuando era chiquita. Pero mi papá era el que me decía eso, sobre su abuela. Era muy dada a los refranes, mi abuela tiene un cuaderno con todos apuntados.
- Yo no conocí a mi bisabuela. Se quedó en Alemania.
- ¿Tu papá la conoció?
- Sí. Iban al mercado, y cuando regresaban probaban toda la salchicha. Wurst. – rió. –Cuando vivía en la casa mi papá y yo íbamos a Wong a comprar los jueves en la noche, queso, vino, chela y Wurst, todos los jueves.
- ¿Y cuando regresaban probaban toda la Wurst?
- Toda. –sonrió.

Hicimos el amor en una forma inesperadamente tierna, familiar. Besé su espalda, acaricié sus muslos, lo hice rendirse ante el poder inconfesable de mi boca mientras él decía que era mío, que podía tatuarlo, ponerle una bandera, lo que quisiera. Me abrazó y me besó mientras me veía mirarlo, absolutamente suya, cada centímetro de mi cuerpo, cada resquicio de mi alma. “Dios”, decía el ateo cuando lo besaba en el cuello; cuando se lo hice notar dijo que no tenía ningún problema con la palabra, porque en esa instancia yo era divina.

Ya era cerca a las doce, yo me estaba quedando dormida, Dom estaba viendo una de las de Fast and the Furious.
- No sé si voy a volver a tener una de esas. –dijo.
- ¿Mh?
Me desperté, volteando a ver la tele. Era una escena en la que todos los personajes almuerzan juntos.
- Probablemente sí. –dije. –No va a ser igual, pero de todas formas nunca nada es igual.

Se quedó callado, mirando la película. Le di un beso y movió sus dedos en mi pelo un par de veces. Apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón. Era como si todo tuviese sentido; todas las veces que mis historias acabaron, todas las veces que le tuve que decir adiós no solo a quien me dejaba sino a quien yo pude haber sido.

- No quiero dejar de abrazarte nunca. –dijo. –Te amo.
Me gustó como lo dijo, tan factualmente, tan es-algo-obvio, sin buscar una respuesta o con implicancias ulteriores. Toqué la punta de mi nariz con la suya.
- Yo también. –respondí.

- Lo sé. 

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