sábado, 24 de agosto de 2013

El adiós de un precipicio (Fue un 17 de agosto)

Para mí, amar es tan milagroso como volar.

A Pon Pon fue el primero que se lo dije, que el amor era como tirarse de un precipicio sin paracaídas, cogiéndonos de las manos y rogando que nos crecieran alas. En su caso y muy predeciblemente el resultado fue que tuve que recoger los pedazos de mi corazón virtualmente destrozado y crear cual Dédalo alas para un Ícaro sucedáneo con quien aprender a volar. Las alas eran de cera y yo lo sabía, pero cuando Ícaro cayó igual lloré. De eso hace varios años, y se suponía que debía haber aprendido mi lección, pero no, lo volví a hacer. Esta vez no era Pon Pon sino Leo, el arcángel mecherísimo que me había regresado al rebaño católico.

Sim embargo el hecho que me haya confirmado en nuestra Santa, Católica y Apostólica iglesia Romana no significa que la encuentre un dechado de virtudes ni niegue su pasado. Esta iglesia mía de la que soy parte tiene tanto de terrible en sus mensajeros como esperanzador es su mensaje. Leo me enseñó eso con el ejemplo.

Cuando Leo me conoció yo llevaba en la piel cicatrices en forma de dedos. Las había hecho un pagano en Viernes Santo, y yo las llevaba con mucho orgullo. El domingo que me conoció Leo supo que yo no creía en Dios, y se sintió decepcionado. Se puso como objetivo enseñarme esa presencia tan hermosa que siempre lo acompañaba.

No fue una conversión fácil. Mi fe se quebró en dos el día que me dijo que esta piel mía, que había sido acariciada y deseada, era motivo de vergüenza. Razón suficiente para que quisiese primero matarme por no poder imaginarse un futuro sin mí, y luego abandonarme por no poder imaginarse un futuro conmigo. Cosas de católicos limeños.

Como respuesta le dije que lo amaba. La primera vez que dije "te amo" fue un martes de madrugada, en un taxi en la vía expresa, abrazada y abrazando. Sabía que iba a sufrir la desesperación del final triste, del destino de tragedia, del "no puedo". Pero tenía la esperanza de que cuando saltase al abismo sin alas y me dejara caer, aprendería a volar.

Lo que aprendí fue el destino de San Esteban, apedreado. Apretando los dientes en altivo pudor, sin dignarme a maldecir a mi agresor ni negar el nombre de mi Dios. Había dicho que me iba a confirmar, y Leo había dicho que iba a ser mi padrino. Y eso era exactamente lo que iba a pasar.

El 17 de Agosto fue el capítulo final de la crónica de una muerte que se anunció el 28 de Julio del año pasado. Inesperadamente, Pon Pon hizo su aparición en vivo y en directo, como un guiño divino o una promesa de consuelo. Después de las pocas horas que pasamos juntos el adiós fue el de personas que no se van a extrañar ni van a sufrir (o gozar) por no volver a verse. Leo se fue a seguir aullando en la estepa con su Armande de turno, Pon Pon volvió a ponerse su mochila en la espalda a recorrer el mundo y yo volví a mi cuarto.

Pocas noches después echada en mi cama me di cuenta de que el amor, como la fe, no requiere de esperanzas y golpes de suerte; requiere de intención y de trabajo. Eso de tirarte al precipicio cogidos de las manos rogando para que te crezcan alas… Pon Pon y Leo son suficiente evidencia de lo desastroso del método. Si quiero volar, voy a tener que hacerlo con mis propias alas; y si he de volar con alguien, él va a tener sus propias alas también. 

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