viernes, 16 de agosto de 2013

EVA, liberada

Volví a ver Evangelion después de muchos años. Es interesante volver a visitar hitos de mi historia, cosas que me marcaron tanto, ver a posteriori cómo mi vida fue influenciada por ellos.

Viéndolo recordé cómo el Ángel de la guardia dulce compañía había sido reemplazado por Adam, Lilith y los intentos de Nerv de prevenir el Tercer Impacto. Cómo la irritante Asuka era una hebra importante de la mecha que inició mi posterior epopeya Alemana, y cómo su ridículo comportamiento en su momento me parecía, si bien no razonable, por lo menos justificado.

La imagen Shinji Ikari en su EVA-1 se había repetido a lo largo de mi vida, con la sutileza de un sueño que intuía pero que no podía realmente recordar. Los gritos guturales de la bestia que había sido contenida por el miedo humano recuperando su verdadero poder me recordaban íntimamente a mis llantos hechos gritos, mi miedo a herir resonaba con la cobardía de un piloto que sufría con cada victoria como si sintiese el dolor de su enemigo.


Ritsuko Akagi y su solitaria vida científica se convirtió en una de mis pesadillas más temidas. Misato Katsuragi y sus desayunos de cerveza me parecían la epítome de la libertad adulta, y en su relación con Kaji encontraba la honestidad de un complicado amor. Todos tenían problemas, pasados, miserias, pasiones. Eran humanos.

Evangelion me enseñó mucho de lo que los adultos de mi entorno no querían decirme. Volver a verlo me recordó la fuerza de la que algo aparentemente débil era capaz. Me recordó que yo ya había estado parada más de una vez gritándole al cielo mi dolor, me hizo recordar el poder que existe en la vulnerabilidad; el poder que existen en ser realmente, honestamente, quien soy.


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