martes, 10 de junio de 2014

Puccini (y muchos, muchos, muchos, ¿mencioné muchos? más)

Yo confieso ante ustedes hermanos que mi primer contacto con la música clásica fue de la mano de Bugs Bunny. Sí, Bugs Bunny. ¿El Barbero de Sevilla? ¿Me vas a decir que no te acuerdas? ¡Bugs Bunny como el barbero masajeando la cabeza de Elmer el Gruñón con una mano, dos manos, en cuatro patas, echándole una loción que hacía que le crecieran flores en la calva!
 
 


¿Cómo olvidar El Anillo del Nibelungo (NO. No es el anillo de los nibelungos, es Der Ring des Nibelungen, y se traduce a El Anillo del Nibelungo, del, no de los), Bugs montado en su megayegua y sus trenzas amarillas.

... y luego Elmer se da cuenta de su verdadera identidad



Guillermo Tell y el llanero... ¿le preguntamos a Susanita?


Edvard Grieg entró a mi vida cuando tenía cinco años y no me quería tomar la leche los sábados por la mañana, como el conde Pátula y su nana que le hacía tomar el desayuno.


Después de un inicio tan prometedor, Apocalyptica con Hall of the Mountain King era básicamente regresar a casa.


No era muy grande (bueno, nunca lo he sido, pero eso es otro tema) cuando aprendí que escuchar Carmina Burana y su O Fortuna eran malas noticias en la película/serie/dibujito que estaba viendo.


Y luego vino el amor, o como le dicen en algunos círculos, Puccini. Barbra Streisand lo dice mejor, así que le paso la posta (por si acaso, es de The Mirror has Two Faces)


¿A qué, nunca lo he escuchado? Claaaaaro que lo has escuchado. Para muestra un botón (porsiaca, es Nessun Dorma, en la voz del maravilloso Pavarotti)


He confesar también ante ustedes hermanos que durante la cuasi totalidad de la creación de este post he estado mensajeándome en forma entusiasta e inconfesable con uno conocido por el servicio (para mayores señas, tiene alas de cera). No, no escucho a Puccini cuando lo beso. Ah, por si acaso, si estás leyendo, aquí te mando una:

pop.

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