martes, 16 de septiembre de 2014

El cumpleaños del Principito

Era el cumpleaños del Principito, y yo había estado aplazando el saludarlo por su día a pesar de haber estado pensando en él desde la mañana. No quería escribirle en Facebook; no quería que la muestra de mi cariño pudiese ser compartida y leída por cualquiera que quisiera hacer más de un click. Se sentía raro llamarlo, así que le escribí.

Me respondió diciéndome que quería verme, y al comienzo yo dudé. Es cierto, un lunes no es particularmente el mejor día para que caiga tu cumple, ¿pero qué hacía él (¡él!) solo? El Principito es miembro con plenos derechos de la Lima que aparece en revistas y da la hora, el hijo de un rey muy rico que construyó su reino con sus propias manos. Era obvio que me habría encantado verlo, pero no quería acapararlo; era su día, después de todo, y otros podrían tener prioridad.

Poco después (post asegurarme que no había problema), mis leggins marrones, mi chompa rosada y yo salimos a caminar por el malecón. Íbamos a seguir el mismo trayecto, yo hacia su casa y él hacia la mía, para eventualmente encontrarnos.

Caminé y caminé esperando encontrarlo, como buscando un pozo en el medio del desierto. El Principito tenía sus lentes puestos, cubriendo sus ojos color scrub. El mar de setiembre nos acompañaba, el sonido de sus olas chocando contra las piedras de la playa, alineándose en escaleras blancas que reventaban en la orilla.

Me habló de lo que había hecho en su día, que no había sido mucho. Me lo imaginé ordenando y descansando, activo en su soledad acomodada. Sin embargo sé que a pesar de su pretendida calma en el alma del Principito existen cientos o miles de conflictos, propios de una criatura compleja y multidimensional. En él conviven tanto excentricidades como realidades céntricas, alejándolo irremediablemente del estereotipo al que quieren reducirlo.

Conversamos sentados, tomando el par de cervezas que había traído en una loncherita. Hablamos sobre la importancia y el precio de ser fiel a uno mismo, de lo mucho que admiramos a nuestros papás y de qué difícil es construir algo cuando no se tiene hambre o frío. Nos abrazamos y bebimos del agua que había nacido de caminar buscándonos en el malecón. Le deseé felicidad, un deseo muy honesto pero muy abstracto y difícil de concretar entre las inconveniencias de la vida real. ¿Cómo ayudarlo, si ni siquiera sé hacerlo yo misma? Lo único que sé hacer es quererlo.

De repente quererlo sea el mejor regalo de cumpleaños que le puedo dar.

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